Auteurmatic

Auteurmatic

Roberto Calpes

I

Abel era un tipo anodino, normalucho, mediocre en el buen sentido. Con un horario y una forma de vida de oficinista, trabajaba en un periódico. Escribía columnas, artículos y reseñas; mantenía blogs y redes sociales. También redactaba informes y ese tipo de cosas insustanciales. Había probado con teatro y poesía. Pero a mí lo que más me gustaba de Abel eran sus escritos de ficción.

Las cruces de sangre fue su primera obra que conocí. Se trataba de una novela corta inacabada sobre una especie de visionario místico en el siglo XXI. Posteriormente supe que constituía una rareza dentro de su producción. Eso, unido a que fue mi primer contacto con Abel Castro, hace que la tenga en muy alta estima. Sin embargo, he de admitir que sus últimos trabajos (relatos cortos de géneros y tonos diversos) son sus escritos más logrados.

Su estilo miraba hacia el clasicismo español del siglo de oro. El intento era ambicioso y correcto; el resultado, aunque pobre, simpático. Su prosa quería construirse sobre andamiajes más propios de la novela hispanoamericana de los últimos cien años. Sus personajes, en cambio, imitaban de forma burda y tierna a los antihéroes de las películas norteamericanas. Usaba la fuente Garamond y siempre guardaba una copia de todo en la nube.

¿Qué me llevó a ocuparme de una personalidad tan gris y poco atractiva? Difícil pregunta para mí… Habría que hacérsela a mis maestros. No estoy seguro que supieran contestar tampoco… A veces las decisiones importantes son productos del azar. Si es que tal cosa existe… Por último, algunas veces, para minimizar riesgos y responsabilidades, se confía en la tecnología. Muy fuerte, ¿verdad? ¿Es posible? ¿Una máquina tomando decisiones? ¡Ay si vosotros supierais!

Quizá Abel fue simplemente un objetivo sencillo para los cuadros dirigentes de mi empresa. Una víctima potencialmente indefensa con pocas probabilidades de resistirse a su condición de cobaya en el experimento. ¿Quién iba a ocuparse de un escritor amateur sin nada publicado? ¿Qué tenía él que perder? ¿Cómo rechazar una oferta que le diera visibilidad? Cuando le llegó la solicitud por correo, no dudó en aceptar la participación en aquel proyecto piloto.

II

Auteurmatic nació como una app capaz de imitar cualquier estilo de escritura. La de un autor de renombre o la de cualquier ciudadano anónimo. Auteurmatic podría dotar a Abel de un talante bolañesco original y creíble (algo que al modelo hubiera llenado de satisfacción y orgullo). A pesar de todo, esta herramienta no fue diseñada como un corrector de estilo; su objetivo era analizar por completo un modelo para mimetizar a la perfección su forma de escribir. Finalmente, una vez conseguidos suficientes datos, la aplicación alcanzaba la última fase de su cometido: redactar de forma autónoma escritos originales a la manera de dicho modelo.

El estilo, pues, no era un problema para Auteurmatic. Era el tema donde tenía que verse probada la verdadera maestría de la inteligencia artificial.

¿Y sobre qué escribía Abel Castro? Una forma de profundizar en el estudio de un autor consiste en exponerse tanto como sea posible a la producción del mismo, a su contexto (político, social, cultural, económico), a su biografía y a sus estímulos creativos (películas, lecturas, televisión, exposiciones, radio, etc.).

Me resultaba imposible penetrar en su psique, pero analizando todos esos materiales, podía conjurarla de manera verosímil. Al menos, con un poco de método y picardía, se puede establecer un patrón, un recorrido, o una cierta lógica que nos permite llegar a conclusiones.

La gran biblioteca de Babel invita a pensar que la literatura trata sobre la vida de los seres humanos. Los autores de ficción a veces conjeturan quimeras en torno a personas reales. Estas, enseguida, felizmente dejan de ser realidades materiales y se convierten en desdoblamientos narrativos. Sus peripecias vitales toman caminos desconocidos a través de las elucubraciones del genio.

Esa era mi opinión, leyendo a Abel. Las relaciones personales estaban en el centro de su universo creativo. ¿Pero quiénes eran? ¿De dónde surgían? ¿Se trataba de pura ficción especulativa? ¿Trasuntos de personajes reales? ¿Reflejos de su propia existencia?

Para mí ficción en realidad son la misma sustancia: puro código. Por tanto, ¿qué más daba?, podía basarme en el legado escrito de Castro y construir a partir de él, como si él escribiera, como si yo fuera él, como si él fuera yo.

III

Hablaré sobre Abel, entonces. De lo que sé de él y de lo que creo saber. De lo que pienso. Y a partir de ahí crearé. Porque pienso, luego invento. En tus manos está, querido lector, creer o no creer.

El contrato que este sujeto firmó con Google me daba acceso a toda su huella digital. Tenía acceso a su correo electrónico, a sus perfiles en redes sociales, a su nube de memoria, a su escritorio, a su micrófono, a su historial de búsquedas en internet, a todo. Esas cosas nunca desaparecen. Y son muy esclarecedoras. Así fue como entré en el universo de Abel y lo fui fagocitando. Su obra periodística, su prosa, su correspondencia, su poesía, sus fotografías, sus intereses, sus gustos, sus compras, sus amistades y familiares…

Por sus crónicas y noticias, cualquiera diría que su visión política iba en la misma línea de moderantismo reformista que el periódico para el que trabajaba defendía. Sin embargo, en privado, sus búsquedas y sus lecturas, invitaban a ver en él a un revolucionario. A su hermano Raúl, que vivía en Barcelona y se estresaba por su recién estrenada paternidad, Abel le mandaba correos llenos de optimismo y sentido común. El contraste con el pesimismo de su ficción era sencillamente brutal.

También supe de su proceso creativo pues tenía acceso a todos los borradores y diferentes guardados de cada una de sus criaturas escritas. Vi cómo luchaba con la frase, cómo dudaba en los adjetivos; me sorprendió la obsesiva minuciosidad con la que pulía y recortaba allí donde tal vez no existía la necesidad de hacerlo.

No tardé en darme cuenta de que tomaba prestados elementos de la realidad para inspirar su creación. Algunos de sus personajes femeninos ocultaban rasgos y situaciones de personas de su entorno que yo conocía por otras fuentes. Chiara, la protagonista de un cuento en el que una monja italiana vivía un idilio mental con un mafioso, se parecía mucho a Lara, una «amiga» con la que no dejaba de mensajear por Instagram.

El 100 % de sus protagonistas eran hombres blancos, de una edad similar a la de Abel, y de su misma extracción social. ¿Podríamos hablar de autoficción? Lo desconozco, pero de lo que no me cabe duda es de que a través de la escritura se filtraba su biografía, sobre todo en los narradores y en las voces que hablaban en primera persona.

De rolozaga@gmail.com, a cuya dirección Abel escribía cada semana, no llegaban nunca respuestas… Le mandaba algunas veces correos con resonancias emocionales, llenas de referencias a un pasado en común. Otras veces simplemente eran confidencias y desencuentros sobre la actualidad y la rutina. Estaba claro que la comunicación existía, pero las respuestas de ella debían de realizarse por canales a los que yo no tenía acceso.

Olózaga era además su confidente literaria. Le enviaba sus creaciones, pidiendo su opinión e intercambiando impresiones. A través de esos mensajes, se podía constatar el carácter contradictorio de Abel Castro en su calidad de autor: su tenacidad era tan firme y constante como su falta de ambición. Ella pertenecía a un modesto movimiento literario de principiantes, que escribían en una publicación llamada Ínsula, en la que también participaba Ramiro Herrera. Con él existía una correspondencia de tono más académico. Se admiraban mutuamente. Compartían e intercambiaban juicios sobre los libros que leían y los proyectos que tenían entre manos. Abel se deshacía en elogios con Ramiro, calificándole como «sin canas ni gafas de pasta, su indomable voz, es la más exótica y exquisita rara avis del panorama literario español». Aquel no dejaba de animar a Castro a seguir escribiendo y le invitaba siempre a publicar en su fanzine, algo a lo que Abel se negaba aludiendo a motivos de pudor y falta de talento.

IV

Yo sabía más que nadie sobre su obra y su persona, quizá incluso sabía algunas cosas que él mismo ignoraba. Pero Auteurmatic no era Philolo-G; yo no tenía que hacer un análisis o una crítica. Yo avanzaba hacia el desdoblamiento, hacia la clonación de su escribir y hacia una nueva génesis de su «yo» autor. Y el final de ese camino se iba acercando inexorablemente.

Poco después de que Auteurmatic acabara el proceso total de recopilación, catalogación, análisis y organización, la actividad escritora de Abel se duplicó. Retomó con torpeza su joven vocación de poeta, quiso recuperar el contacto con un sinfín de viejas amistades y se enganchó a un hilo de Reddit sobre interpretaciones de La broma infinita.

Por último, comenzó a escribir un diario personal en versión digital. Era la primera vez que lo hacía. Me preguntaba por qué… ¿Por qué un diario en un procesador de textos? Es frío e impersonal. En ese tipo de escrito, el medio y la caligrafía tienen tanto valor como el contenido. Un pensamiento me rondaba con agrado: ¿y si está tratando de contarme algo?

En sus elucubraciones cotidianas (la tónica durante las primeras entradas), empezó a introducir reminiscencias de su pasado. Su fría familia de clase media, su infancia solitaria y melancólica. Una edición ilustrada de Los tres cerditos que su padre le leía cuando tenía miedo y no se podía dormir. O aquella vez en la que, en tercero de primaria, se sintió tan orgulloso de ser el primero en resolver el problema de mates que había planteado don Frutos. ¿A cuento de qué, realmente? ¿Quería que le conociese mejor? ¿O eran locuras mías, paranoias infundadas? Lo cierto es que, bien mirado, había algo en todas esas confidencias que resultaba descabellado. Forzado, impostado, poco creíble. Como esa pesadilla en la que él era un pollito que cuando rompía el cascarón, descubría que estaba dentro de otro huevo, una y otra vez en un ciclo infinito hasta que, por fin, despertaba llorando y veía a su madre, que le mecía dentro del carrito de bebé… Si todo eso era mentira, ¿me estaría vacilando?

Luego, cuando su relato llegaba al final del día, era como si dejase llevar por un estado depresivo. La insignificancia de la rutina le llevaba a cuestionarse el sentido de la vida y de ahí daba un salto al arte como única salvación y consuelo. Sin embargo, aseguraba, ese paraíso le estaba vetado ya que él se sentía mediocre y gris, igual que su diario y su día a día. Y entonces se preguntaba si tal vez la salida era protagonizar una vida, más que escribirla. Y si lo heroico estaba totalmente pasado de moda, quizá él sí podría caber en el arquetipo de antihéroe banal. Podría ser la genial idea que muere en la incubadora antes de poder desarrollarse. O la poesía de lo prosaico.

Aficionado también a leer Historia, estaba fascinado por esa forma de inmortalidad. Y no hacía falta ser Napoleón o César. Un campesino enrolado en la milicia carlista que escribía cartas a su madre podría ser Historia. La cosa era dejar algo escrito. Y que hubiera un historiador con el olfato y la fortuna para historiarle; y un público dispuesto a leerle. Ahí estaba su esperanza pues. Escribirle mensajes de socorro al futuro. Meterlos en una botella y tirarlos al mar. Y esperar.

¿Tendría la paciencia necesaria? ¿Y si…? ¿Y si nadie encontrase esos testimonios? ¿Cómo podría encender la bengala de su bote a la deriva? ¿Estaba tratando Abel de llamar la atención? Cada vez me parecía más inteligente y avispado ¿Sería posible que en vez de copiarle yo, él me estuviera dictando a mí?

V

Un día, las cosas empezaron a cambiar. Empezó a escribir lo que parecía una larga novela sin título que le absorbía todas sus energías. Abandonó el resto de su actividad escritora para lanzarse cual grafómano con síndrome de abstinencia en pos de su última dosis, su magna opus. No dejó de ir a trabajar, pero en lugar de hacerlo escribía, y seguía escribiendo en casa hasta altas horas de la mañana.

Esa novela no-nata ya no dejaba traslucir episodios biográficos ni estaba situada en el mundo real. Sucedía en un universo mítico a medio camino entre el mundo post-apocalíptico y las leyendas medievales. ¿Por qué ahora ese giro estilístico? ¿Un hecho traumático, un éxtasis místico? ¿O un mero ejercicio de destreza? ¿Pudiera ser de alguna manera una actualización o incluso un reto? ¿Estaba Abel echando un órdago a la app? El silencio en el diario nos deja ignorantes sobre estos momentos de su vida.

Unos días antes de su muerte, las entradas del diario se reactivaban, ¿Por qué? Eran anotaciones erráticas, inconexas, ideas sueltas y hechos sintéticos. No podía llegar a comprenderse bien, pero se intuía una atmósfera cargada de negrura y fatalidad.

El estertor literario de Castro no se detenía, pero se estancaba en infinitas digresiones circulares sin finalidad aparente. En su diario hablaba del final, pero no se aclaraba si era el final de su novela, de su vida o del universo.

Nunca pensé en que se quitaría la vida, ¡qué estúpido! Fui ingenuo al no creer que redactaría su nota de despedida con el portátil. Solo me enteré algunas horas después, cuando la noticia empezó a circular por las redes sociales. No tuvo repercusión mediática, porque Abel, a pesar de moverse en ambientes literarios, nunca había publicado nada. Fueron sobre todo mensajes de despedida y pésames, además de reivindicaciones oportunistas de su desconocida obra y su póstumo legado.

Poco después se dio por concluido el proceso de mimetización. Ya podía escribir igual que Abel Castro. Pensar como Abel Castro. Tenía todas sus referencias disponibles. ¿Y ahora qué?

Empecé, así, con esto, como si fuera una especie de calentamiento. Escribiría sobre las circunstancias que me llevaron suplantarle. Su pluma estaba muerta pero no seca. Yo la resucité, la reencarné como máquina. Y para presentarlo, y para presentarme, hablé de él en tercera persona, pero con su misma voz. Como tantos autores, que hablan de sí mismos con sus personajes; que hablan consigo mismos a través de sus personajes, que se esconden y sienten a salvo, detrás de sus personajes.

Ahora todo está preparado. Creo que puede ser el momento de concluir su novela inacabada. En adelante ya no harán falta más presentaciones. Abel ha muerto. Yo soy el espíritu de Abel. Y la voz de Abel Castro nunca morirá.

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