Auteurmatic II

Auteurmatic II Auteurmatic vs. literatura

Roberto Calpes

I

Se enteró por Twitter. Google había demandado a su editorial por los derechos de La danza de la decadencia de Abel Castro. No se lo podía creer.

¿Cómo? ¿Abel Castro? ¿Un contrato con Google Books? ¡Imposible! Abel Castro no era más que un escritor amateur que un día se tiró por el balcón. Algunos amigos empezaron a compartir trabajos suyos en las redes sociales. Una especie de último adiós y reconocimiento póstumo. El drama del suicidio aceleró la inercia de las publicaciones y éstas se viralizaron.

II

El redactor de Caligrafías Ilegibles había conocido a Abel a través de Rocío Olózaga, fundadora del fanzine Ínsula, que publicaba también en Ediciones Erróneas. Nunca lo presentó como autor, ni él dijo nada al respecto. No llegaron a trabar mucha relación, aunque sí coincidieron varias veces, ya que aparecía a menudo con Rocío en las tertulias, ferias y presentaciones del mundillo literario subterráneo.

Sebastián se conmovió al conocer la terrible noticia de la muerte de Abel. Pocos días después del funeral, empezó a seguir con curiosidad el hilo de nuevas entradas que desvelaban detalles de esa vida creativa hasta entonces totalmente desconocida.

La sorpresa fue monumental cuando un dron mensajero le entregó un paquete con un lápiz de memoria. Disperso en numerosas carpetas, se encontraba lo que parecía el testamento literario de Abel Castro. Su remitente era Ramiro Herrera, camarada de Ínsula. Los documentos habían llegado a su poder a través de Rocío, que ya no quería saber nada más de ellos ni de su autor. ¿Esperaba que los publicase? La vigencia y el interés por la obra de Abel Castro se iban difuminando y del total de esos escritos solo podía salvarse un diez o quince por ciento. No era nada del otro mundo. Una prosa correcta y bastante tradicional que sin embargo dejaba un ligero regusto de extrañeza.

III

Puñaladas invertidas apareció en el n.º 17 de Caligrafías Ilegibles. Ramiro tenía más fe en Abel que Olózaga y logró ablandar a Sebastián para que le diera una oportunidad en alguna de sus publicaciones. A él siempre le hubiera gustado verse en papel impreso, insistió.

Contra todo pronóstico, la acogida de aquel relato de suspense sin desenlace fue favorable. ¿Cómo es que nadie sabía nada de ese escritor? ¿Estábamos de veras, ante un escritor de talento? Lo cierto es que el redactor, sin darse cuenta, se fue interesando por Abel Castro.

«Oye, ¿por qué no me habías hablado de él antes?». Rocío siempre se mostraba hermética al respecto y eludía el tema cada vez que Sebastián le preguntaba. Todo aspirante a literato tiene algo de ambición por ser leído, argumentaba él. Sí, concedía ella, pero a veces la gente se arrepiente, como Kafka, que pidió que su obra fuera destruida tras su muerte.

El editor no paraba de darle vueltas a la cabeza. ¿Por qué silenciarlo? ¿Quería Rocío protegerle de algo? ¿O protegerse a sí misma, quizás? ¿Se avergonzaba de Abel? ¿Serían celos? Ella se mostraba como su madrina o su protectora, o esa era la conclusión que él había sacado. Pensándolo bien, Castro se movía entre los insulares pero no le constaba que fuera uno del grupo… ¿Publicaba con ellos firmando con pseudónimo? ¿Tendrían algo entre los dos? Era lo que muchos daban por hecho, pero no había nada que pudiera confirmarlo. Su interacción no denotaba más que cordialidad, ¿por qué ocultar nada?

Se enteró por Ramiro de que en la nota de suicidio de Abel nombraba a Olózaga su albacea literaria. Ella conservó el pen durante unos meses hasta que se lo pasó a Herrera. Aseguró que ni siquiera lo había abierto. ¿Por qué? ¿Acaso no eran colegas de profesión, de vocación, al menos? ¿No es un deseo legítimo ordenar los papeles de un muerto? ¿Apuntaba esa decisión, en efecto, a que fueran pareja? Al sondearle, Ramiro no aportaba gran cosa. Aseguraba que Abel era muy callado y que no le gustaba hablar ni de él ni de su obra. Es más, no le gustaba hablar en absoluto. Sobre si Rocío y él tenían una relación, concluía que era difícil de determinar puesto que ella estaba por encima de todas esas etiquetas.

Acelerador cerebral, una breve novela distópica situada en el Madrid de 2117, vio la luz en la colección Altavoces, de Ediciones Erróneas. Esta vez ya no hubo que insistir a Gómez Moyano para que publicase la segunda referencia de Castro. La acogida fue favorable y propició que se sucediesen más relatos cortos en otras revistas, antologías y plataformas digitales. Sebastián no tardó en hacerse con los derechos de Abel. Nadie se opuso a ello. Los insulares se alegraron de ver a un camarada reconocido en el mundo literario. De manera indirecta, su fanzine estaba teniendo más repercusión al vincularse con el nombre de Castro. Las tiradas aumentaron, se agotaron antes y se hicieron reimpresiones y antologías de ejemplares antiguos. A sus miembros se les abrieron las puertas de las editoriales y se les invitó a participar en algunas revistas especializadas.

La pequeña ola castrista que recorría el inmenso océano de la literatura llegó a su cénit con la aparición de Notas para un complot, una selección de cuentos de la época final de su vida. George Grobes tuiteó sobre el relato que daba título a la antología: «es como un híbrido bastardo entre el Manifiesto comunista y La naranja mecánica. Conspiración, alienación y rabia en una prosa neurótica para tiempos inciertos». Sofía Ballesteros Lobo, doctoranda de Filología Hispánica en la UAC (Universidad Autónoma Complutense), fue quien introdujo la primera reseña sobre Castro en el mundo universitario. Ella discrepaba frontalmente con Grobes (al que consideraba como un enterado que aspiraba a gurú y ni si quiera llegaba a crítico) y prefería Escondidos en las alcantarillas, Piensa en mí cuando estés de resaca y, sobre todo, Conversación en el ascensor, un monólogo interior delirante que la académica calificaba digno de una vanguardia nacional muda desde hacía tiempo.

Seis meses después, la fiebre fue remitiendo. El interés por la obra de Abel Castró se estancó y empezó a cubrirse de polvo virtual. Sebastián podía haberlo alimentado con sus poemas, pero los consideró poco dignos, en el mejor de los casos. Él, de natural pesimista, temía que pudieran empañar su narrativa, a su criterio ya afianzada. Mejor era dejar las cosas como estaban y esperar.

IV

Habían pasado ya casi dos años cuando Elisa se presentó en la editorial. Destacaba de aquella mujer una profunda pena en la mirada. Se adivinaba por las marcas de unas marcadas ojeras que dolorosos ríos de lágrimas habían erosionado en su rostro. Era la madre de Abel. Sebastián no la reconoció al principio. Luego recordó cómo, en el funeral, había leído, sin poder concluir, una elegía a su hijo muerto.

Aquel día, los únicos allegados del mundo de la literatura eran él mismo y la plana mayor de Ínsula. Al terminar la ceremonia, Sebastián les dio el pésame, presentándose como editor. Se produjo un malentendido embarazoso que el pesado duelo terminó por disolver entre silencios y algún sollozo. Le chocó que esa familia rota no hubiera hecho mención alguna de la faceta de escritor de Castro. No sabían nada. La creatividad de su hijo yacía, como su cadáver, enterrada en el anonimato.

No mucho tiempo después, todo eso cambiaría. El responsable fue Ramiro Herrera, quien también intercedió entre Ediciones Erróneas y la familia para que esta recibiese un porcentaje de sus derechos de autor. Sebastián no se opuso: sabía que no lo hacían por dinero (los ingresos generados por la obra de Castro eran entre inexistentes y marginales) y además le había tomado estima a Elisa. Era lo correcto, lo legal y lo justo.

Aquella fría y gris mañana de invierno Elisa dijo, sin mucho preámbulo: «He leído los cuentos de Abel y la verdad es que no me gustan, no los entiendo, no sé de donde le vendrían esas ideas, esas palabras. Pero al hacerlo parece que oigo su voz todavía y siento que es la única manera de que siga con nosotros y su memoria no se olvide. Me gustaría que, para conmemorar su fallecimiento, le hiciéramos un homenaje en el que contásemos con su participación».

Así fue como Gómez Moyano volvió a ocuparse de Abel Castro. Animado por Rocío Olózaga (que parecía haberse reconciliado con el fantasma de Abel), accedió a revisar su material no publicado para sacar a la luz algo coincidiendo con la fecha de su fallecimiento. Ramiro insistía en dar una oportunidad a la poesía de Castro, pero fue Rocío quien llamó la atención sobre su gran novela. Lo de gran, lo decía por su volumen; ella no había podido leer nada y solo conocía de su existencia por referencias que le había hecho Abel durante los meses anteriores al suicidio. Sebastián se interesó mucho, ignorante hasta entonces de aquel proyecto enterrado.

V

Lo que la posteridad conocería como La danza de la decadencia se hallaba en una carpeta con cientos de documentos a la que nunca había dado mayor importancia. Se apreciaba en ellos una prosa valiente, dinámica, llena de pasión, energía y frenesí. Pero esos destellos resultaban inconexos y embarrados entre un montón de paja verborreica y tediosa. Al estudiarlos con más atención, bajo el nuevo enfoque que le había descubierto Rocío, Gómez Moyano (que, además de editor, también era un lúcido crítico) empezó a descubrir sutiles constantes, continuidades, temas y personajes. Efectivamente, parecían diversos borradores. Había capítulos o fragmentos repetidos multitud de veces con cambios de diverso grado. Había páginas sueltas que parecían no tener que ver con nada del conjunto. Y entre todo ese galimatías, había un documento de más de medio millón de palabras que, tras haberse familiarizado el lector con las demás piezas, traslucía un atisbo de coherencia y unidad.

Largas noches empleó el editor en repasar todas las notas y contrastarlas. Le ayudaron varios becarios y otros miembros del círculo insular, aparte de Ramiro y Rocío. Al final llegó a la conclusión de que el inmenso documento sintetizaba todos los demás textos que contenía la carpeta. Lo hacía de una forma insólita ya que no reutilizaba los fragmentos previamente redactados, sino que más bien los reciclaba, los imitaba, se inspiraba en ellos, los parafraseaba. Era como si reescribiera todo, una vez más, una última vez, de forma magistral.

Y en esta ocasión, no había duda: era una obra maestra.

Los periódicos serios no tardaron en incluir la noticia en sus suplementos dominicales. Las ventas se multiplicaron. La crítica hablaba de una voz oculta, un grito silenciado por el invisible abismo que nos rodea, una historia tan atomizada como el presente, anclada a los pilares más clásicos del canon occidental. Una prosa sencilla y poética malgré tout; nostalgia y vanguardia mano a mano.

Las redes sociales no tardaron en ponerse al día y empezaron a generar debate. George Grobes tuiteó: «¡Vaya ladrillo, Castro! Más vale que valga su peso…». Algunos minutos después volvía a la carga: «[…] dos bostezos por página y ya he sobrepasado las cincuenta, perfecto como literatura somnífera». A la mañana siguiente su opinión era otra: «Punto final (si es que este brutal artilugio puede contener una convencionalidad como esa). No he podido soltar el libro. Una auténtica locura. Una delicia (para el que logre abrirse paso por su laberinto)».

Sebastián se multiplicó en los medios y se entregó a un frenesí promotor desconocido en él. Parecía que le había cogido el gustillo a la farándula y que ansiaba fagocitar la tardía y malograda gloria de su autor. Él era quien lo había descubierto y conocía y amaba a su criatura como un padre. Probablemente no habría segundas oportunidades, ni para él ni para ningún otro nombre de su catálogo.

Los insulares, por extraño que parezca, no se entusiasmaron con La danza de la decadencia. No reconocían en ella a su compañero. La atribuían a una especie de delirio depresivo. Preferían su versión de cuentista, más acorde con su carácter, que, según afirmaban, no podría haber tolerado el circo mediático que se montó en torno a su nombre. Tampoco aprobaban la manera de gestionar el fenómeno que tuvo Sebastián, al que empezaron a mirar como un advenedizo aprovechado. A pesar de todo, defendieron a Abel en toda ocasión que se les presentó y se alegraron mucho por él.

La televisión, al contrario, jamás le abrió sus puertas. En una época en la que los libros eran algo cada vez más caduco, no podían ceder sus mínimos espacios literarios a talentos inciertos y pasajeros. Esos pocos minutos estaban ya copados de antemano por periódicos premios oficiales, así como bestsellers extranjeros. ¿Pero quién necesitaba la televisión en el siglo XXI? Era un aparato para gente sin iniciativa o para miembros de generaciones anteriores que no eran capaces de autoabastecerse a la carta de contenidos disponibles en la red.

El fenómeno fan no fue ajeno a La danza de la decadencia. Y ya se sabe, cuanto más mainstream es el producto, mayor es el ejército de fieles. Sin embargo, siempre hay un sector de esa masa que se siente más auténtico en su adoración hacia el objeto de admiración. Este núcleo duro necesita una distinción con respecto al grueso de los devotos. Se autodenominaron danzadentes y tenían en común conocer a Castro antes del boom (o al menos eso afirmaban), y recitar de memoria pasajes clave de su novela, así como leer sus textos siempre en papel. Leían y leían, y luego, escribían desde sus móviles en hilos de Reddit, 4chan, Instagram, y organizaban quedadas, happenings y peformances tanto en las abisales corrientes de la internet profunda como en las superficies de la realidad material.

Era muy poco probable que más de cien personas hubieran conocido a Abel Castro antes del hype del suicidio y de la posterior locura desatada tras la publicación de La danza de la decadencia. Sea como fuere, lo cierto es que Abel se había convertido en una estrella. Estaba en lo más alto y parecía que su destello sería algo más que fugaz.

VI

Y de pronto aquella bomba. La demanda. No es que Abel Castro tuviera un contrato con Google Books. Es que La danza de la decadencia pertenecía a Google Books porque ellos la habían escrito. Es decir, Abel era un farsante y Sebastián un estafador.

¿Cómo podía ser todo eso verdad? Google afirmaba que Abel se había prestado a ceder sus datos para testar un programa en beta. Auteurmatic mimetizaba cualquier modelo de escritura. Permitía imitar el estilo de cualquier individuo. En consecuencia, cualquier negro podría haber escrito la gran novela y luego el programa le habría atribuido el toque castrista.

Pero detrás de todo ese proyecto, se escondía la joya de la corona. Auteurmatic podía desarrollar textos originales de manera autónoma y aleatoria, gracias a un algoritmo y un motor de búsquedas especial. Es decir, el programa creaba ex nihilo, a la manera de…; no necesitaba un texto de un humano al cual le daba una forma concreta. Así, La danza de la decadencia era la primera muestra de escritura creativa realizado por Auteurmatic a partir del modelo de Abel Castro.

¿Cómo podía ser todo eso verdad? Era tan inverosímil, tan extraño, tan retorcido que no podía ser real. Parecía ciencia ficción. Era una mentira como un puño. Y, a pesar de todo, no podían desmentirlo… ¿Quién había tenido noticia de ese manuscrito? ¿Alguien lo había leído antes? ¿Había alguna vez Abel dado alguna pista? Sebastián no sabía nada, los insulares tampoco, su familia, mucho menos… Solo tenían su estilo, su obra y su trayectoria.

Para probar su versión de los hechos, Google mostró versiones de su nueva aplicación en donde se demostraba la progresión en las fases de mímesis. Tenían textos del autor, de ficción y no ficción, que el programa había usado como modelos. A continuación, ofrecieron versiones alternativas redactadas por el programa y que presentaban un parecido que nadie hubiera podido distinguir. En el juicio, hicieron que el programa escribiera una falsa carta de Abel en la que afirmaba, con su entonces ya reconocido estilo, que la obra la escribió su ordenador y no él. Parecían reírse de los jueces. Todo culminó con el contrato firmado por Abel. El veredicto estaba cantado. Lo inverosímil se tornó irrefutable.

¿Y por qué un gigante tecnológico se habría fijado en un autor absolutamente desconocido y carente de proyección? Según ellos, Abel estaba desesperado por hacerse un hueco en el mundillo literario. Frustrado ante sus limitaciones, había pensado que nada perdería por probar. Otros autores, quizá más celosos de su noción de creatividad, habrían tenido más remilgos ante el hecho de prostituir su genio, pero Abel estaba dispuesto a todo.

Sebastián, en su calidad de editor y crítico, habló como especialista en Abel Castro y alegó que los paralelismos de su novela y las muestras de Google no eran ni totales ni incriminatorios. Una pieza clave y muy controvertida era aquella que contaba la historia de Abel. En ese relato, cuyo narrador hablaba en primera persona como si fuera un conocido de Abel, Autermatic se quitaba la careta, afirmaba ser el escritor y se presentaba como un programa informático consciente de sí mismo. A su modo de ver, la historia no era más que un juego, un experimento con espejos, una broma casi, y una reflexión sobre la propia acción de escribir. La mano automática de Auteurmatic era innegable pero la autoría y la materia prima seguían siendo de la persona de Abel. «Una máquina no puede hablar así de las cosas del alma», pensó. Afortunadamente, se contuvo pues era consciente de que la inteligencia artificial había ya conquistado el mundo emocional y era capaz de leer y reproducir sentimientos. La quintaesencia humana no era en el fondo más que un género literario más, con un conjunto de reglas, tropos, fórmulas, normas y combinaciones finitas. Una vez dominado, solo era cuestión de barajar, repartir y jugar bien tus cartas.

También se llamó a juicio a dos extranjeros, catedráticos especializados en Literatura Española. Robert Blond, de la Universidad de Oxford, y Denise Noyer, de la Sorbona. Ella, se adhirió a la versión de Sebastián. Su matiz era que todo lo que Google había mostrado era claramente de peor calidad que la obra de Castro. Los textos de Auteurmatic, comparados con los de Abel, eran demasiado técnicos, perfectos y fríos. No había fisuras, pero, según ella, sí un aroma sintético y falso. Su lectura era inversa a la de la gran corporación de Sillicon Valley: los borradores eran automatismos, pero la novela era humana. El profesor británico, al contrario, confesó haberse sentido estupefacto como una de sus últimas esperanzas en las letras hispánicas estallaba en mil pedazos. Él sí veía coherencia entre La danza de la decadencia y los textos de G-Scribe. Todo este fraude le parecía una farsa, una farsa fascinante. Lo que nadie entendía era por qué había tardado tanto Google en reclamar esa obra maestra.

VII

Las ondas sísmicas producidas por el affaire Castro alcanzaron a todos los que le conocieron. La sentencia era firme. Ediciones Erróneas perdió los derechos de Abel Castro y fue condenada a pagar una fuerte multa. González Moyano se arruinó y tuvo que cerrar la editorial. Las deudas le hundieron en el desaliento. Todos los autores le abandonaron. Viendo que no podía publicar ya a nadie, decidió escribir. Pero pronto recordó el motivo que le había empujado a participar en la literatura desde el otro lado de la barrera: no sabía escribir con gracia y prefería dedicar sus energías a reconocer a quienes sí lo hacían.

La opinión pública se dividió. Abel Castro captó numerosos nuevos adeptos. Se realizó una sensacional campaña publicitaria. Las ventas crecieron, gracias a las traducciones. No obstante, había una tendencia de lectores decepcionados, que se sentían estafados en su fe y afecto, en su disfrute hondo y en su sentida admiración. Con los editores por no detectarlo y con la multinacional por mancillar así la magia de la creación. Si una máquina podía hacer algo así, ¿tenía sentido la literatura?

Rocío Olózaga visitaba cada día a Elisa. Ambas iban en electropatín al cementerio y lloraban ante la tumba de Abel. A Rocío, que finalmente había terminado por leer en el significado de La danza de la decadencia el mensaje de una disculpa, se le cayó el mundo encima. A Elisa, que ya bastante tenía con haber enterrado a un hijo, ahora le torturaba que le hubieran quitado lo único que le quedaba: el eco de sus palabras resonando en su legado escrito.

La familia Castro también se había resentido, en lo económico, y sobre todo en lo moral, al perder los derechos de autoría. En esas circunstancias se les ocurrió que podrían publicar los diarios personales de Abel. Era una manera de reivindicar que, aun si Abel no había escrito su gran novela, sí que había sido un literato auténtico, humilde y honesto, que contribuyó de alguna manera a aquella obra.

Sebastián también quiso contribuir. Su destino se había entrelazado irremediablemente con el de Abel y pensaba que publicar sus diarios sería una forma de restaurar su figura, tan maltratada ahora por algunos. Esos escritos no tenían en sí un valor literario, pero sí arrojaban algo de luz en torno al personaje, que ya había sobrepasado las fronteras de lo común para difuminarse en el mito, y que presentaba todavía muchos interrogantes.

Se podía leer a ese nuevo Abel Castro como una versión burocratizada del genio incomprendido o como un testigo anónimo del tedio cotidiano. Si tras el éxito de La danza de la decadencia, la obra previa era como una colección de caras b, los diarios de Abel eran una maqueta de las mismas, todavía más valiosa para los amantes de las rarezas. Los que entendían que la obra era algo coyuntural y que lo verdaderamente literario era la persona que la daba a luz, estarían encantados con los nuevos escritos. Los acérrimos, por último, devorarían hambrientos cualquier nuevo material del ídolo.

Ínsula rechazó la iniciativa y se desmarcó. Era como despellejar a un cadáver aún tibio. Ramiro denunció la mercantilización que se había creado en torno a Castro y propuso que se realizara una damnatio momariae, un borrado definitivo de su producción, ya que afirmaba que una vez Abel expresó ese deseo.

Rocío, para entonces, ya se había desenchufado. Borró sus redes sociales y dejó de usar internet. Se compró un móvil analógico y empezó a escribir a mano. No quería saber nada más de Abel ni de toda la galaxia que había empezado a girar en torno a él. El recuerdo que tenían de él se iba intoxicando cada vez más por sus múltiples desdoblamientos mediáticos. Por eso, nunca leyó los diarios. Ella había sido probablemente la persona con la que más había intimado tanto en lo personal como en lo creativo. Y, sin embargo, todo lo sucedido les había ido alejando cada vez más. ¿Quién era él? ¿La persona o el autor? ¿Quién escribía? ¿Qué quería expresar? ¿Qué significaban, a fin de cuentas, todos esos mensajes codificados en procesadores de texto? ¿A dónde conduciría esta espiral sin fin aparente?

VIII

Cuando se estaba preparando la segunda edición del Diario de Abel Castro, Google volvió a demandar a Ediciones Erróneas, (que, al calor del nuevo tirón editorial, habían logrado recuperarse). Alegaba que, igual que La danza de la decadencia, los diarios no fueron redactados por el puño y letra de Abel, sino por Auteurmatic. Reclamaba los derechos de autor y su comercialización.

El editor, la familia, el mundo literario e incluso los medios oficiales mostraron indignación y estupor. Esas páginas privadas no estaban pensadas para su alumbramiento público y por tanto no podían haber sido escritos por una aplicación. Fueron redactadas en fechas anteriores a la puesta en marcha del algoritmo y en nada se parecían a La danza de la decadencia. En un audaz contraataque, los herederos de Abel Castro y su editorial demandaron a Google.

El gigante multinacional sostuvo que, aunque en las fechas en las que los diarios fueron escritos la aplicación todavía no se había activado, sí estaba operativa. Procesaba la información previamente registrada en un estado de hibernación funcional. El resultado de esa prosa no estaba del todo depurado porque el programa se hallaba todavía en fase de pruebas, pero en cualquier caso, la producción era suya.

Los defensores de Abel promovieron un crowfunding para costear los servicios del mejor abogado de propiedad intelectual. La campaña obtuvo respuesta mediática. Primero los castristas y las plumas afines. Poco a poco, el mundo de las letras en general, se fue posicionando. Era más que una cuestión de solidaridad. Era supervivencia. Hoy era Abel, mañana cualquiera de ellos podría ser suplantado, parasitado y mimetizado por Auteurmatic. La querella adquirió la dimensión de cruzada. Los autores humanos propusieron que, incluso si una aplicación informática podía adueñarse de su creatividad y estilo para luego producir un artefacto cultural original y propio, la materia prima seguía siendo patrimonio de la persona, la paternidad del producto pertenecía por tanto a ese hipotético escritor primigenio.

El proceso se resolvió tras más de dos años de apelaciones y aplazamientos. Tuvieron que intervenir diversos tribunales internacionales. Al final se llegó a un acuerdo de mínimos que pretendía satisfacer a ambas partes implicadas. A través de Auteurmatic, Google podría producir material a partir de cualquier autor siempre y cuando este diera su consentimiento. Cada parte disfrutaría del 50 % de los derechos de propiedad intelectual.

Esta solución parecía resolver el conflicto. Pero no todos estaban satisfechos. Los más puristas defensores del carácter artesanal, inalienable y demiúrgico de la escritura siguieron insistiendo en que el aprovechamiento que los programas informáticos hacían de la creatividad humana no era sino explotación. Por tanto, todo el beneficio obtenido a partir de ese trabajo era plusvalía. En consecuencia, demandaban que Google pagara una multimillonaria tasa destinada al mecenazgo y financiación de universidades, publicaciones y toda clase de proyectos e instituciones culturales.

Sea como fuere, la literatura híbrida había llegado para quedarse. Una revolución en el mundo de las letras. Ya nada sería igual. ¿Qué vendría después? ¿La singularidad creativa? ¿Cuánto tardaría Auteurmatic en automimetizarse? ¿Podría una aplicación ganar el Nobel? Todos esos interrogantes se ramificaban exponencialmente hacia un destino incierto.

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