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De la venganza y otros frutos amargos

Carmen Qué

Cuando besó por última vez la urna con las cenizas de su marido para introducirlas en el nicho, Norma ya había ideado su venganza.

ESCENA: SALÓN DE LA CASA DE NORMA Y DE SU DIFUNTO MARIDO. Hay maletas, cajas de cartón y estanterías vacías en la habitación. Norma recoge y organiza apresuradamente la estancia. Se encuentra de frente con un objeto que había olvidado por completo: una fotografía de su marido cuando fue galardonado con el Premio Rulfo de Novela. Norma, quieta, la mira durante unos segundos. Coge un cigarrillo del bolso y se sienta en una silla.

NORMA

¡Qué contento estabas ese día! Tantos años de rechazos editoriales recompensados con uno de los premios más prestigiosos. A partir de ahí todo fue como la seda. No más problemas de dinero, no más preocupaciones, no más discusiones… no más conversaciones sobre tus personajes justo antes de dormir. La fama te procuró nuevas amistades, y entre ellas ya sabes a quien me refiero. Nunca hablamos detenidamente de este asunto. Ni siquiera cuanto te fuiste de casa para vivir con ella. No fue una sorpresa que lo hicieras, me di cuenta desde el principio, y poco después todo el círculo literario de Madrid lo sabía. ¡No! No intentes disculparte. Llegué a entenderlo y aceptarlo, ¿sabes? Es una mujer muy atractiva. La infidelidad de la carne no me dolía, al menos no después de un tiempo. Pero ella nunca fue solo una aventurilla sin importancia, ¿verdad?

Tras la muerte del marido de Norma, siguieron días de organizar y clasificar los infinitos escritos, cuadernos y diarios del difunto —él lo escribía todo— en los que Norma encontró jugosos inéditos y material privado que nunca debiera leerse, tampoco tras la muerte. Verdades demasiado hirientes, certezas demasiado evidentes y secretos demasiado inverosímiles.

NORMA

Hubo cosas que me dolieron mucho. Y descubrirlas de esa manera, cuando ya no podía hablar contigo… Aunque, ¿qué me hubieras dicho? Lo que se escribe en un diario no está sujeto a interpretaciones.

Norma mira fijamente la fotografía mientras le da una calada a su cigarrillo.

NORMA

Yo he sido tu mujer durante 25 años. Nos conocimos con apenas 20. ¿Qué hubiera sido de ti si yo no te hubiera mantenido? No siempre fuiste un escritor reconocido, ¿o es que ya no te recuerdas? El éxito te llegó muy tarde; no vendiste ni una sola de tus líneas durante mucho tiempo. Fuiste pobre, pasaste muchas penurias. Bueno, pasamos. Porque tú me arrastraste a tu vida bohemia y despreocupada. Claro, a ti no te importaba. Para ti con escribir era suficiente. Pero era yo la que trabajaba. La que te procuró un techo, la que te daba de comer, la que cuidaba de tus hijos en tus continuas ausencias. Yo fui la receptora incansable de tus reflexiones acerca de los personajes, las tramas, el estilo. ¡Me conozco todos los borradores, todos los finales alternativos de todos los capítulos suprimidos de todos tus libros!

Norma se ha alterado y ha elevado el tono de voz en esta última frase. Se remueve en la silla con nerviosismo. Intenta calmarse.

NORMA

Mi opinión te importaba. Yo era tu mejor crítico. Hasta que ya no. Hasta que lo fue ella. Y eso... eso sí que no. ¿Cómo te atreviste a suplantarme en lo que nos hacía fuertes? ¿En lo único que al final nos unía como pareja? Al parecer ella tenía mejores ideas, era más inteligente, más creativa, ¿más qué? ¡¿Qué es lo que era?! ¡Dímelo! ¡Todo me lo debes a mí! ¡A mí! ¡Haber escrito los libros que has escrito me lo debes a mí porque yo te di el tiempo para eso! ¡Yo te di la oportunidad! ¡Cuántos halagos ha recibido tu editor por confiar en ti, por descubrirte al mundo! ¡Pero él no estuvo ahí siempre! ¡Yo, sí, yo, sí!

Norma se ha levantado de la silla bruscamente y camina por la estancia con las manos en la cintura respirando con dificultad. Después de ir de un lado a otro durante unos minutos, Norma coge una botella de vino de una de las cajas y se sirve una copa. Vuelve a sentarse en la silla. Parece más calmada.

NORMA

Pero ya no se puede hacer nada. Y menos tú, que estás muerto. Lo que me sitúa en una posición privilegiada. Sabes quién se queda con todo, ¿verdad? Quién tiene los derechos de tu obra y la última palabra sobre ella. Muy bien, has acertado. Yo. Y, ¿sabes lo que voy a hacer? Joder tu memoria todo lo que pueda. Convertiste mi vida en un infierno, yo lo voy a hacer con tu muerte, y eso es mucho más tiempo. Cuando te fuiste pensé que no podría recuperarte, que un día recibiría una petición de divorcio y ahí se acabaría todo. Pero te moriste y volviste a mí de la mejor forma posible. Os salió mal la jugada, deberías haberte separado cuanto antes.

Nadie puede hacer nada contra mí, lo he estado pensando. Ahora puedo hacer lo que me dé la gana. Además de gastar tu dinero —no sabes lo bien que se están vendiendo tus libros desde que la palmaste— voy a borrar cualquier lazo que te unió a ella en vida. Nosotros nunca nos dejamos de querer, nunca nos distanciamos, nunca te fuiste de casa y, desde luego, nunca hubo nadie más que yo: tu esposa y legal heredera de toda tu obra. Lo primero que voy a hacer es cambiar la editorial que te publicaba hasta ahora, tu editor siempre se deshizo en halagos con ella. ¡Además, me han hecho una oferta buenísima! Sé que esto va a ser muy discutido pero no me importa. El que me da un poco más de pena es tu amigo. Ayer estuvo aquí en casa revisando alguno de los manuscritos. Aunque le nombraras tu albacea, ya no va a tener acceso a ninguno de tus escritos. He sabido que ha estado quedando con ella para preparar una edición especial con tus mejores relatos. ¡Que se vayan olvidando de esa idea! La indicada para hacer ese trabajo soy yo. Soy la que mejor conoce tu obra y la única que tiene derecho sobre ella. Con tu dinero, he contratado al mejor picapleitos para estos casos. Me ha recomendado que la demande, ¿a quién se lo ocurre ir diciendo por ahí que fue tu novia? No quiero volver a oír hablar de ella. A partir de ahora, tú serás lo que yo quiera que hayas sido.

Norma se ha tranquilizado por completo. La copa de vino y sus palabras le han levantado el ánimo. Parece estar divirtiéndose con la conversación.

NORMA

¿Te he dicho que el teléfono no deja de sonar? Son periodistas. Ávidos de información y declaraciones de tu viuda: recuerdos, vida privada, fotografías… últimas palabras. A ella también le podrían preguntar sobre esto, estuvo contigo hasta el final. Seguro que también se acuerda de cuáles fueron las mías: «Aquí se acaba el circo».

En fin, no me gustan las entrevistas ni ser el centro de atención, ya lo sabes, pero bueno, esto es un caso especial. Las exclusivas son ideales para alimentar mitos. Porque eso es en lo que te has convertido. Y en uno de los más grandes. No te quejarás. Tranquilo, me voy a ocupar de que eso siga siendo así. Yo y solo yo.

Norma levanta la copa para hacer un brindis.

NORMA

Gracias, querido, por hacer de tu muerte mi próxima vida.

Norma se bebe el contenido de la copa de un trago y la tira bruscamente al suelo en dirección a la fotografía. Coge su bolso y un manuscrito de muchas páginas, abre la puerta de entrada, apaga la luz y se queda mirando unos instantes la fotografía que ha quedado iluminada por la lámpara del descansillo; sale de la casa y cierra la puerta con llave.

FIN

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