Bye bye Blondie

El amor siempre prevalece

Baronesa Elsa von Rubio

Aquel fue el día más feliz en la vida de María. Había llegado el momento de culminar el gran amor que sentía: se casaba.

Solo las personas más íntimas y cercanas fuimos invitadas. Yo, su novio, también recibí mi invitación especial. Me enteré en aquel preciso instante de que me casaba. Desde luego, no iba a ser una ceremonia al uso.

Las invitaciones que cuidadosamente María había confeccionado tampoco eran las típicas invitaciones de boda, llenas de buenos deseos y entusiasmo. En su lugar, cada uno de los asistentes recibió una carta personalizada. En cada carta María había plasmado las emociones, pensamientos y sensaciones que le transmitía el receptor de tan apasionado mensaje. Cada una de las palabras que utilizó dibujaba la idea del amor pleno y absoluto. María siempre ha sido, en esencia, puro amor.

Las invitaciones finalizaban aludiendo a su gran pasión. Pasión que había superado cualquier horizonte y barrera de racionalidad, motivo por el cual nos citaba en aquel día tan especial. En la invitación no se podía leer la palabra boda por ninguna parte. No obstante, a nadie se le escapó el mensaje. Rápidamente comenzamos a recibir llamadas de felicitación y propuestas de ayuda, pues los preparativos de una boda, por sencilla que sea, conllevan una importante inversión de tiempo, esfuerzo y dinero.

He de reconocer que tanto la alegría como la perplejidad que sentí me desbordaron. Yo amaba a María, no existía otra forma de relacionarse con ella. Amar era su cualidad más destacada y por eso la amaba. Pero nunca habíamos hablado de formalizar, aunque solo fuese simbólicamente, nuestro compromiso. Lo primero que hice al recibir mi particular invitación en el trabajo, fue llamarla. Con una risa esquizofrénica cercana al llanto, le pregunté extrañado por qué no me había comentado nada. «Quería que fuese una grata sorpresa para el mayor número de personas a las que quiero» me dijo, «y, por supuesto, tú eres una de las más importantes». Yo le dije que la amaba, ella, que siempre estaríamos unidos.

Y así comenzaron aquellos seis meses de estrés e ilusión. Fueron frenéticos, como la velocidad a la que transcurrieron. Aún hoy me cuesta comprender la sucesión de los acontecimientos, incluso, el lapso que cada uno de ellos abarcó. María se encargó de decidir el lugar y el grueso de los detalles. Quería casarse en un pazo gallego que había conocido años atrás no muy lejos de nuestra casa. Yo trataba de ayudarla en todo lo que podía, que casi siempre era nada, ya que estaba completamente absorbida por el evento. Quería que todo fuese perfecto y con perfección y mimo planificó dónde se hallaría cada átomo del lugar. Se le iba la vida en ello.

El gran enlace se presentó, de súbito ante mí, a finales de septiembre. Era una mañana soleada de brisa fresca y muy suave. Aún temprano. Tras el primer parpadeo, el corazón me dio un vuelco. Es el primer día del resto de mi vida junto a María -pensé. Y allí estaba ella, tendida junto a mi, todavía dormía. El dulzor de sus labios me sacó la primera sonrisa. Luego reflexioné. Durante los últimos seis meses y a pesar de los preparativos, su rostro había adquirido una expresión de paz interior tan constante como, prácticamente, imperceptible. Su serenidad adquirió cotas casi espirituales y el tono de su voz, con una resonancia lejana, sentenciaba cada palabra que salía de su boca. Era y estaba espléndida. Me atraía más que nunca.

Yo sabía que su madre y sus amigas llegarían sin tardanza. Le llevé el desayuno a la habitación y preparé algo de picoteo para el resto. Cogí mi traje, los anillos, los tres paquetes de tabaco que tenía previsto fumarme y me fui a casa de Javier, mi mejor amigo. Él y Ana llevaban casados unos tres años y, además, me conocían al dedillo. Sabía que Javier sería el único capaz de contenerme en aquellos momentos. Me vestí y me acicalé en su casa. Ana estaba como loca de alegría. Y para mi alivio, no se molestó cuando le pedí por favor que dejase a Javier acompañarme al pazo en el que celebraríamos la ceremonia. No podía seguir encerrado, tampoco podía esperar solo durante las tres o cuatro horas que aún restaban.

Cogimos el coche y nos dirigimos hacia San Andrés de Teixidó. Llegamos. Todo estaba preparado. María siempre había hablado maravillas de aquel lugar, pero su belleza superaba con creces cualquier apreciación retratada anteriormente. El lugar no era nada glamuroso. El pazo era una edificación antigua y con las prestaciones básicas. Sin embargo, estaba muy bien conservado. Desde fuera pude observar una decoración decimonónica que sorprendía tanto por su buen estado de conservación como por el ineludible toque hogareño que, intuyo, habían adquirido las dependencias gracias al paso del tiempo y a los cuidados recibidos. María tenía una sensibilidad especial ante la pátina que impregna ciertos lugares u objetos. No había duda de que aquel era el sitio perfecto para declarar un amor infinito.

El exterior se mimetizaba sin dificultad con el fondo verde y montañoso que abrazaba la construcción. Unos grandes ventanales pintados de morado, abiertos de par en par, apenas podían escapar a la vegetación que trepaba por los muros, así como por la gran chimenea que se alzaba en la parte izquierda del tejado. La puerta principal se abría hacia el ancho de un prado cuyo confín eran unos acantilados abrumadoramente elevados. En tal extremo, a unos doscientos metros, se encontraba dispuesto un bello arco de forja, coronando un pequeño altar que se dirigía hacia unas cuantas decenas de sillas blancas, organizadamente dispuestas. En cada silla había un ramillete de malvas. Esparcidos por el suelo, cientos de pétalos de rosas rojas. La disposición, el lugar, la combinación de colores… todo era precioso, atrayente. También algo hipnótico y un tanto inquietante.

La espera fue un despropósito. Los invitados fueron llegando por goteo y pasaron más de dos horas hasta que conformamos un pequeño grupo. Una hora después, con la llegada del grueso de invitados, se empezó a respirar en el ambiente ese júbilo propio de la expectación y la ilusión que burbujean en las bodas. Pronto comenzaron a salir las primeras cervezas y vermuts. Yo solicité un whisky doble. Tan solo quedaba una hora para la ceremonia pero yo necesitaba ver a María cuanto antes, pues la angustia me oprimía el pecho y los nervios rotos imbuían a mi cuerpo una rigidez inusualmente dolorosa.

Afortunadamente, no habían pasado más de cuarenta minutos cuando vi, a lo lejos, el coche de los padres de María. Sí, allí estaba ella. En menos de dos minutos la vería salir por la puerta. Y así ocurrió. Fui corriendo hacia ella, por necesidad, pues me urgía desterrar la excitación que me consumía por dentro. Le abría la puerta, le di la mano y la besé apasionadamente. Estaba preciosa, todo el mundo lo sabía. Pero para mí era un ángel, pronto sería mi ángel…

Tras los saludos protocolarios, nos encaminamos juntos, de la mano, hacia el altar. Al llegar, me pidió por favor que aguardara sentado, junto a sus padres y los míos, mientras leía unas palabras:

«El adiós no existe.

El amor puede con todo. Siempre prevalece.

Sabéis cómo soy. Siempre he estado enamorada, borracha de amor. De algo, de alguien, del hacer, de una idea, hasta de los malos momentos… Soy una persona ridícula e ingenuamente enamoradiza. Amar, amo, como única alternativa.

No obstante, esto no siempre fue así. En la más temprana adolescencia ya tuve mis primeras ideaciones suicidas. Me hacía daño, no podía comprender por qué nuestra existencia era tan absurda, por qué estaba tan vacía, por qué carecía de sentido. Inicialmente, esta verdad me dolía y me generaba odio y rencor, me consumía por dentro. La Tierra es un lugar penoso y hostil para el ser humano gracias a las facultades que le son propias. Pero es algo inevitable. Es. Somos.

Con el tiempo comprendí que negar la evidencia, o desesperarse por ella, no tenía sentido. En algún momento, del cual no soy consciente, sencillamente cambie de parecer. No fue algo radical, sino más bien progresivo. Del desprecio más irracional pasé a la frustración, de esta a la tristeza, de aquella a la apatía. Dejé de sentir por no sufrir y olvidé lo que era amar hasta que llegó la piedad. Piedad ante el mal, misericordia ante el dolor, amor como droga, la única vía de escape posible ante la desesperanza, el vacío y el horror.

Las bondades del sentir llenaron de pasión todos y cada uno de los poros de mi piel. Acaricié con suavidad este desierto que es la humanidad, besé con picardía la maldad de los corazones psicotizados, me sedujo la avaricia del hombre y me embelesó su apabullante irracionalidad. Enloquecí de puro amor ante la inmensidad del Desamor que se mostraba turgente ante mí y caí rendida ante su naturaleza atrapante, ante sus infinitas expresiones de afecto.

José, mi amado, mi compañero, siempre te querré. Estaremos siempre unidos. Yo permaneceré aquí, junto a todas las personas que quiero. No obstante, el amor más intenso que nunca he sentido fue gracias al Desamor. Nunca antes tuve los ojos tan abiertos de comprensión, nunca antes había abierto así mi corazón. El Desamor fue, es y será mi mayor fuente de inspiración espiritual, emocional y racional. Crecí y superé mis miedos gracias a él. Abandoné la ingenuidad del amor para traspasar las barreras del amor maduro, consciente y responsable. Y por eso estáis hoy aquí.

Decidí que tenía que ser consecuente y actuar conforme a mis pensamientos y emociones. Por eso tomé la decisión de casarme, definitivamente, con Él. ¿Y acaso existe una acto mayor de amor hacia el Desamor que la propia muerte? La perversidad de este mundo me ha ganado el corazón. Amo la desdicha de este mundo y todo su terror. Me siento indisolublemente unida a la indecencia y a la decadencia naturalmente humanas, tanto como a las pasiones que hoy nos reúnen en este bello lugar.

Dulce muerte, ven a mí. Unifícame en cuerpo y alma con este Desamor que tanto me ha dado. ¡Oh! Desamor de mis amores, únete a mí, rodeados de aquellos a quienes amamos, en un solo corazón que sea recordado por siempre».

Cuando terminó de leer estas palabras todos nos quedamos inmóviles. Pálidos. No supimos qué decir ni qué hacer. Debió transcurrir un minuto rebosante de tensión antes de que todo acabase. En realidad lo sabíamos, pero no lo creíamos. Aún petrificados, no tuvimos tiempo de reaccionar cuando María salió corriendo, como un ángel de zancadas gráciles, amplia sonrisa en sus dulces labios y cabellos al viento, hacia el borde del acantilado. Todos los presentes sabíamos que habría boda, lo que nunca nadie sospechó es que no sería yo el novio.

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