Gato de nueve colas

Gato de nueve colas

Roberto Calpes

Me llamo Salvador aunque siempre me ha gustado presentarme como Sal. Salva no me gusta. Sal. De Salvatore. Como el de los Soprano. Sólo podría considerarme escritor si el simple acto de escribir te convirtiese en ello. De lo contrario no. Nunca he publicado nada. Normal. No sólo soy un escritorzuelo mediocre. Es que además nunca he conseguido acabar nada de lo que empiezo.

Según parece, muchos autores trabajan con música de fondo. Los hay que escuchan rock, los hay que escuchan jazz e incluso se afirma que los hay que consiguen dar a su prosa el ritmo y el compás de esos estilos. Pero yo creo que lo que más pega con la imagen del genio sentado en su escritorio es la música clásica. Esto lo sé porque lo leí en algún sitio. Considero que se me da mejor leer que escribir. Yo, personalmente, cuando escribo escucho a Mozart. Detesto a Mozart. No aguanto su maldita perfección. Su soltura, su suave precisión, los ecos de sus fraseos. Me da ganas de vomitar. Pero no puedo dejar de escucharlo.

Me recuerda a Iñaqui. Aquel chaval del instituto. Un puto triunfador. Guaperas, atlético, inteligente. Era bueno en los deportes, sacaba matrícula de honor en todo, el rey del patio, buen conversador, amable, simpático, siempre dispuesto a ayudar, todas las chicas coladitas por él y él saliendo con la más mona. Qué rabia me daba. No podía ni verlo. Restregando su éxito con suficiencia a toda la masa de pringados que empequeñecíamos bajo su sombra. Le sigo por Facebook. El muy cabrón sigue igual. Tiene un trabajo cojonudo, vacaciones exóticas, publica frases ingeniosas. Ya no está con aquella chica. Se casó con otra mujer. Estupendísima por supuesto. A ver si un día se le quema la cara para que deje de ir soltando sonrisitas Profident por ahí. La madre que lo parió.

Pues eso. Que me voy por las ramas. Y así me va. Se me ocurre una trama para el novelón del siglo. La más feroz crítica al sistema. Me pongo. Al cabo de unas cuantas páginas me doy cuenta de que la novela se va pareciendo más a un ensayo sobre la alienación en el capitalismo post-industrial. Un refrito cutre de Marcuse y Benjamin. Maldigo para mis adentros y me enciendo un cigarro. Otro café y respiro hondo. La flauta mágica. Tiroriroriro. Si escribiera en papel haría una bola y la tiraría a la papelera. Otra de las cosas que se han perdido por culpa del mundo moderno. Hay que joderse. Llegados a este punto suelo respirar hondo, levantarme y salir a dar un paseo nocturno.

¡Claaaaaaaaro! Yo escribo por las noches, faltaría más. Schiller lo hacía, Dostoievski lo hacía, Salinger lo hacía, Kafka lo hacía. Y Faulkner. Y Proust. Y Gingsberg. Y Balzac. También el puto James Joyce escribía de noche. Joyce. Joder. Tengo siempre a mano un ejemplar del Ulises. Miles de páginas consideradas brillantes que no son más que una verborrea incomprensible. No puedo entender a Joyce. No puedo soportar a Joyce. Lo leo y lo leo. Casi a diario. ¿Soy yo el gilipollas ignorante o es la crítica la que vive en una enajenación colectiva que confunde basura con vanguardia, virtuosismo y genialidad? Y Vila-Matas, Banville y la ristra de grandes nombres de la literatura que se pajean con él en su club de fans de pacotilla y se van a Dublín a recorrer los pasos de Leopold Bloom. ¡Qué asco me dan! ¡Morid bastardos! ¡Fuera! A los leones los echaba yo. Que les carcoma una puta maldición griega. Un colon irritable en bucle. ¡Puagh!

kafka

Por lo demás yo soy un hombre normal. Soy buena gente. Incapaz de hacer daño a nadie. No he matado una mosca. Tengo buenos amigos que me quieren; una familia, un trabajo. Siempre saludo, sonrío, doy las gracias, pido las cosas por favor, pago mis impuestos y si me encuentro una cartera contacto con su dueño para devolvérsela íntegra.

En mi escritorio —mi santuario—, un enorme poster del David corona la estancia. Miguel Ángel. Michelangelo Buonarroti. Qué hijo de la grandísima puta1. Todo mi desdén para el Renacimiento y en especial para ese malnacido genio. Montañas de odio. Arquitecto, escultor, pintor y hasta poeta. ¿Es que no podía dejar algo para los demás? Y bueno en todo. Joooooder. ¡Maricón! ¡Mariconazo! Italiano tenía que ser. Puta Italia. Puto Miguel Ángel. Puto David. Si tuviera que elegir, lo que más me gusta del David son sus ojos. La mirada. ¡Ese frío trozo de mármol de Carrara está vivo! Te mira con altivez. Sabe que es perfecto. Sus ricitos perfectos, sus abdominales. La armonía, el equilibrio, la composición. ¡A la mierda! ¡Métetelo por el culo Miguel Ángel! ¡Que David te sodomice con su pollita, con sus musculitos, con su honda, con su mirada! Hagamos un inciso. Vale. La escultura griega del período clásico: Mirón, Fidias, Praxíteles y compañía. Ya de por sí tan serena, tan perfecta, tan equilibrada. Insoportablemente perfecta. Ideal. Imposible. Inexistente. Inalcanzable. (Platón, hijo de puta. Qué plomo más infumable). Vale. Pero es que va el cabronazo de Buonarroti y lo hace mejor. ¡El muy perro! Mimado por sus mecenas, admirado por sus contemporáneos (fue el primer artista occidental del que se publicaron dos biografías en vida, una de ellas escrita por el miserable Ascanio Condivi, un discípulo lameculos que compensaba su mediocridad alabando al maestro), ¡codeándose con el mismísimo Papa de Roma! Y decía que él solo tenía que quitar del bloque de piedra lo que sobraba. Que actuaba por voluntad divina. ¿Se puede ser más jodidamente pretencioso? Otros matándose con esfuerzos sobrehumanos para lograr algo medianamente aceptable y este te hacía una obra de arte con los ojos cerrados. ¿Acaso no es injusto? ¡Pero cuantísima inquina te tengo Michelangelo! Maldito sea tu nombre. ¡Escupiré sobre tu tumba! ¡Cómo me gustaría entrar en la galería de los Uffizi con una maza y destrozar el David! A martillazos descerebrados. Sin piedad. Hasta dejarlo hecho añicos. Y después aplastarlo con una apisonadora, rociarlo de ácido, quemarlo y tirar sus cenizas al fondo del mar. Dios que a gustito me quedaba. Y que le den al arte.

¿Que por qué hago todo esto? ¿Soy masoquista? Sí, tal vez. Un poco al menos, eso seguro. Pero es que joder, las pasiones malsanas hay que cuidarlas también. Trabajarlas, alimentarlas, ejercitarlas… Tiene su aquél. Es como los negativos de las fotos. Los tengo a millares. Decoran las paredes de mi habitación junto con un gran espejo. Es por la inversión. El opuesto. Me gusta. Me atrae. La identidad se forja en negativo. Soy lo que no soy. ¡Y qué sería de nosotros sin nuestro negativo! Soy un hombre porque no soy una mujer. Soy español porque no soy portugués. ¿Qué haría Batman sin Joker? ¿El Ku Klux Klan sin los negros? ¡Qué tragedia, qué orfandad! La miserable raza humana es así. Los que buscan un sentido a la vida podrían hallarlo en un enemigo en el cual mirarse y reflejarse. Piensa en esa satisfacción mórbida de disfrutar más con la derrota del rival que con la victoria de tu equipo. ¿Retorcido, eh? ¡Ah! ¡Marlowe yo te invoco! Sólo los entendidos te recuerdan y conocen tu nombre y tu legado. Fue Shakespeare quien pasó a la Historia pero ¿y si resultase que al final Shakespeare fue Marlowe? Odio eterno a los triunfadores, a los genios, a los victoriosos. ¡Pudríos en vuestro paraíso eterno, que un rayo os parta y que echen sal a vuestros ojos visionarios!

¿Ves? A esto me refería antes… Sí, llámame Sal. Recuérdalo. Pero no trates de buscar esa firma en mi obra. Aunque todavía no he escrito nada, tengo mi pseudónimo ya pensado: Henri Simon Leprince. Sí, un nombre francés. Ese repulsivo pueblo pagado de sí mismo, engreído, ombliguista, amanerado, elegante, refinado, prolífico, cosmopolita… ¡Malditos franceses! Y pese a todo, lo francés tiene quelque chose, no lo puedo evitar. ¿Qué quieres que te diga? Casi podría decir que conozco el arte francés más que el nacional. Gentuza nauseabunda.

Sin embargo, los autores compatriotas me repugnan más. Me recuerdan desde cerca lo fracasado e infeliz que soy. Están los grandes: Cervantes, Quevedo, Galdós, Cela… Les cogí asco ya cuando en las clases de lengua y literatura nos hacían leer pasajes rancios, memorizar versos, aprender sus obras más destacadas y sus vidas rimbombantes llenas de bohemia e inteligencia. Puuuuto coñazo. «Del salón en el ángulo oscuro, / de su dueña tal vez olvidada, / silenciosa y cubierta de polvo, / veíase el arpa». ¡Vaya toalla! Ahora, con los que sí que no puedo son con los malos escritores actuales que gozan de admiración, prestigio y dinero. Tipos como Pérez-Reverte (con su presumido guioncito de las narices), Ruiz Zafón, Antonio Muñoz Molina, Ildefonso Falcones… ¡La hostia! ¿Pero es que nadie se da cuenta de que son un montón de estiércol? De acuerdo, los putos grandes nombres de la literatura española son odiosos de tan buenos que son, sí. ¡Pero estos otros! ¡Me enveneno de sólo pensarlo! ¡Bastardos, indeseables, infraseres! ¡Vergüenza! En fin… cuando me quedo en blanco en el tortuoso proceso de escritura, me miro en el espejo. Ahí estoy yo. Sal. No soy ninguno de ellos. Mis queridos enemigos. ¡Qué ruina! Y a veces se me viene a la mente el peor de todos. Y me da la úlcera. El único escritor —entendido como se ha definido más arriba— al que conozco personalmente: ese Roberto Calpes. Idiota. Cuerpoescombro. Gilipollas. Insecto. Mierdaseca. Tolai. Melón. Parguela. Cenutrio. Panoli. Tocapelotas. Cabrón. Hijo de puta. H-I-J-O-D-E-L-A-G-R-A-N-P-U-T-A. Obviamente no es más que un juntaletras de tercera regional, escribiendo para fanzines de tres al cuarto, rechazado en todos los concursos y vapuleado hasta en los talleres literarios de la biblioteca municipal. Me gusta tenerle cerca para odiarle en secreto y cómodamente. Le odio porque sé que yo podría ser él. Incluso mejor que él. Porque sé que yo, de hecho, soy mejor que esa sanguijuela infecta. Si tan sólo pudiera terminar lo que empiezo…

¿Pero dónde está el puto final de las cosas? ¿Cuándo pone «FIN»? ¿En el espacio en blanco? ¿En el punto y final? ¿En la tapa de la contracubierta? ¿Qué más da un parrafito más o menos? ¿O tiene el dichoso lector la última palabra? ¿Dónde está el límite de la secuela? ¿Qué fue de Des Esseintes? ¿Y la vida adulta de Holden Caulfield? Cuando mañana abra el archivo de Word para revisar se me habrá ocurrido alguna chorradita más que añadir. Y luego otra. Y otra. Hasta que se me ocurra otra historia y llegue a la conclusión de que lo mejor que puedo hacer con esta es borrarla.

A tomar por culo.

1Un pequeño comentario sobre el hijoputismo. Sin duda alguna no hay insulto más total, completo y definitivo. Se te llena la boca al decirlo. Y la de inflexiones y matices que admite. Hijo de puta. Hijoputa. Hideputa. Hijo de puta, hijo de puta, hijodeputa, hijodeputa, hijodeputahijodeputahijodeputahijodeputa. Sin embargo, esta ofensa focaliza el ultraje en un tercero, se centra en la pobre madre del susodicho, lo cual al final termina por desplazar el objeto de desprecio. Es la única gran pega. ¡Qué putada!

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