La cara frente al espejo

T. Varea

Cuando el viejo matrimonio Hundorff entró en la casa, la llave de la luz más cercana a la puerta no respondió iluminando la pequeña estancia anterior, próxima a la cocina, como era habitual. Esa era la entrada por la que solían acceder cuando regresaban de alguno de sus distinguidos eventos sociales una vez pasada la media noche. Tanto el mayordomo como el resto del servicio hacía ya algún tiempo que debían estar acostados, y ellos no eran de esos patrones mezquinos que obligaban a sus sirvientes a permanecer despiertos hasta su llegada. Se daban por satisfechos con que hubiesen dejado algunos emparedados junto a un termo lleno de té caliente sobre la mesa de la gran sala de banquetes.

Mientras avanzaba a tientas por el corredor que conducía hasta la entrada principal, en busca del cuadro de luces, el valeroso señor Hundorff sintió un fino cable que cerraba una lazada alrededor su cuello ejerciendo una descomunal presión que en cuestión de segundos le cortó toda posibilidad de respirar, así como de gritar. Un estúpido gesto de incomprensión quedó grabado en sus ojos de muerto. A esas alturas, la señora Hundorff yacía ya sobre la pequeña escalera de la entrada con un profundo corte en su cara que discurría desde el ojo hasta la base del cuello, llevándose por delante carótica y yugular de una forma magistral, propia de un matarife bien experimentado. La sangre tibia caía en abundancia sobre su abrigo de pieles exóticas mientras la mujer intentaba inútilmente atrapar sus últimas bocanadas de aire. Una sombra, que apenas parecía tocar el suelo, abandonaba la propiedad del matrimonio sin posibilidad de llamar la atención de nadie, pues nadie había en las inmediaciones para ser testigo de este horrible crimen.

No eran los primeros nobles ciudadanos, de la no menos noble villa de Austenberg, que habían encontrado una muerte violenta en mitad de la noche. Puede que fuesen los segundos, eso sí. Una pequeña señal de alarma empezaba a extenderse entre una población que, si bien no tenía la costumbre de valorar la vida de algunos de sus convecinos sobre la de otros, sí profesaba cierta simpatía por esos benefactores de la sociedad que, con su ayuda desinteresada, contribuían al progreso de la pequeña ciudad. Era evidente que se hacía necesaria una investigación que aclarara estos hechos y, sin embargo, nadie parecía tener la prisa suficiente como para iniciarla de inmediato. Un extraño sentimiento flotaba en el aire. Un presagio amargo no expresado en voz alta agarrotaba la voluntad de los responsables policiales. El temor ante la desconocida amezana que se cernía sobre ellos iba ganando peso con la aparición de cada nuevo cadáver furiosamente violentado. Y no fueron pocos los que aparecieron, allí mismo y en algunas de las poblaciones vecinas.

Una fría tarde de otoño, la joven Virginia caminaba apresurada por la orilla del canal que rodeaba la pintoresca ciudad de Hallenfeld. Cuando acertó a divisar lo que parecía un cuerpo semihundido cercano a la orilla en la que ella se encontraba, no pudo reprimir un grito de espanto, llevándose las manos a la cara para no continuar viendo la terrible escena. A medida que se iba serenando y en vista de que nadie pasaba por allí para poder compartir su angustia, una cierta curiosidad empezó a dominar su espíritu hasta el punto de acercarse con cautela a ese sujeto atrapado entre las raíces y las ramas de los árboles más próximos. Desde luego, era demasiado tarde para socorrerle. Tan solo el talle y la cabeza quedaban fuera del agua, pero era más que suficiente para comprobar que el hombre, a pesar del tono azulado natural que acompaña a cualquier fallecido por asfixia, había sido muy apuesto. También bastante celoso en el cuidado de su rostro. Sus facciones duras, pero muy afines al ideal de belleza de la antigüedad clásica, parecían sostener una estructura ósea de una pureza canónica. Ninguna característica de su pacífico semblante hubiera hecho sospechar las oscuras obras que ese hombre había llegado a ejecutar.

El efecto hipnótico que ese rostro ejercía sobre la muchacha, le impidió ver lo cerca que estaba en realidad de la orilla. Cuando ya estaba casi sobre el agua, dio un traspiés y consiguió esquivar la caída, pero al volver la vista al cadáver, el gesto de su cara había cambiado a una maléfica expresión, con unas cejas peludas y arqueadas en un ángulo imposible sobre los ojos enrojecidos, y unas afiladas fauces abiertas hasta el extremo. Al tiempo, una voz de ultratumba rugió desde algún lugar desconocido y profundo: «Virginia, ¿acaso no es mi rostro la cosa más bella de la que has disfrutado jamás?». La joven dio unos pasos hacia atrás mientras escuchaba esa risa demoníaca. Sin comprender, ni poder ver más con claridad, giró sobre sí misma y corrió con cierta descoordinación, como si sus miembros hubiesen sido descoyuntados tras una brutal conmoción. La zona fue más tarde inspeccionada con sumo cuidado por parte de los vecinos, pero nadie volvió a ver el cuerpo de ese hombre. La muchacha fue internada con premura en el hospital psiquiátrico del condado.



Con dificultad, he abierto los ojos esta mañana, por primera vez desde el accidente. Dicen que llevo varios días dormido y que me encuentro demasiado débil aún como para levantarme. No distingo a ver nada, pero me sobresalta escuchar los susurros de gente que respira de manera entrecortada, tose agónicamente o regurgita sustancias que les resultan imposibles de tragar. Creo que la palabra técnica que se usa para definir todo este entorno es astenia vital. Una falta de esperanza que se abalanza sobre nosotros proyectando haces de luz mortecina, atravesando cortinas almidonadas y envolviéndonos con un abrazo firme que nos lleva a un estado de sedación amniótica.

Lentamente mis ojos se van acostumbrando a esa semipenumbra de la estancia y, gracias a esto, veo aparecer a una enfermera, ya entrada en años, que viene a hacer su ronda. Camina con problemas, arrastrando el pie derecho. Mientras contempla a los enfermos y tullidos que allí nos reunimos, su gesto va tornándose en una mueca de repugnancia y disgusto. No habla, ni nos presta atención alguna. Es como un aparición que tan solo pasa su mano despacio por la barandilla de la cama, a nuestros pies. A veces, se detiene mirando a algún paciente unos segundos de más, abre su boca de una manera extraña y exhala hacia el techo unas bocanadas de un aliento palpable. Se diría que expulsa algún tipo de monstruo interior, para que acompañe a ese paciente hacia un lugar de descanso eterno. Pero bien pudiera también ser síntoma de un cansancio crónico ante tanta calamidad y miseria humana que le toca ver a diario.

No parece que sea yo el que peor se encuentra de todos los que estamos aquí. Es cierto que mi cabeza sufre un intenso aturdimiento, mi visión es parcial y tengo un agarrotamiento en el pecho que me impide incorporarme de la cama por completo pero, al menos, no tengo dolores que no pueda aguantar con la ligera ayuda de una inyección de morfina cada doce horas. Los tormentos de la mente, esas imágenes punzantes que me tienen en vilo durante las noches, son las que más amargan mi existencia. Me queda un espacio, imposible de rellenar, en el que los remordimientos y la mala ética se van enroscando como un nudo de serpientes podridas. Veo con claridad instantes dolorosos que me hacen convulsionar, y que me impiden retener las lágrimas. Mi cuerpo me lleva la delantera en una caída hacia el abismo, pero lo más insólito es que un miedo irracional me impide recordar las facciones de mi cara con nitidez. ¿Es posible que mi cara se haya fundido y solo quede de su presencia una lámina de huesos huecos? Noto los vendajes tirantes que me rodean la cabeza, pero no puedo tocarlos. Mis manos también están vendadas. A ratos noto una palpitación que fluye bajo esas gasas malolientes, en los lugares donde deberían estar mis ojos y mi boca, y que me hace sentir como si mi cara estuviese hirviendo.

Los días van pasando azotados por esta rutina insoportable. El doctor ha pasado hoy a dar su informe y a comunicarme que sigo sin poder levantarme, ni ir al aseo por mi cuenta, por riesgo de derrame cerebral. Las contusiones en mi cabeza aún no han sido superadas del todo y algunos coágulos podrían formarse con funestas consecuencias. He descubierto que hay un espejo en el cuarto de baño común que compartimos todos los pacientes de este pabellón, y daría la mitad de mi fortuna por poder asomarme y contemplar mi rostro por unos segundos. Aunque no sé si estoy preparado para lo que pueda encontrarme.

En ciertos momentos, siento un mareo que me lleva a un estado de inconsciencia, sueño, divagación y temor. Diversas etapas que vivo como un avance imaginario que no me desplaza, pero sí me arrebata la orientación más elemental. Siento un vértigo espantoso. ¿Cómo afrontar el resto de mi vida sin rostro? ¿Qué es lo que me espera? Una vez superado el proceso de recuperación, ya libre de la máscara protectora que me han colocado, como si quisieran protegerme de un horror que no se puede enfrentar salvo con la certeza de una muerte temprana, solo quedaré yo mismo con el reflejo de la ignominia humana. No tengo idea de cómo podrá transformar esta nueva identidad corrupta a quienes me rodean. Mi reputación se verá hondamente afectada bajo las nefastas impresiones de un rostro tapado por las cicatrices y la erosión brutal contra las piedras de un río que me arrastró al desastre. No hay forma de convencer a nadie de tus buenas intenciones, cuando les presentas una cara así deformada.

Puedo decir que ya veo claro mi destino. Estoy condenado a ser un elemento marginado de la sociedad. Recuperar mi posición de igual entre la elegante gente con la que siempre me he relacionado... ¡es una quimera! No podré trabajar, ni atender personalmente los asuntos familiares que requieran de mi presencia, y eso lo acusará nuestra economía, sin duda. Sin posibilidad de conseguir un sustento digno, me veré arrojado a la vía pública, donde las más duras condiciones, que siempre he visto desde la distancia, me empujarán a una vida carente de todo sentido. Seré terreno abonado para las más viles y depravadas conductas.

En ese mismo momento, y no en otro, será cuando la transformación empezará a operarse en mi interior. Lo despreciable que alberga en la profundidad de nuestra psique y que todos luchamos por esconder; la bestia que se abre paso entre las vísceras y las secreciones derramadas por entre las cavidades latentes aflorará ufana su cabeza negra y lacerante. Disfrutaré de una nueva vida de acecho y conjura contra aquellos que me volvieron la espalda. Un drástico castigo para los ciudadanos que pasan deprisa sin mirar a su alrededor. Seré una sombra paciente deseosa de abalanzarse sobre sus victimas. Pero ahora estoy muy cansado, y creo que me sostengo en un estado insoportable de delirio. ¿Qué estoy diciendo? Debo reposar y no turbar más mi conciencia. Escucho a alguien que se acerca arrastrando los pies, pero no puedo distinguirlo.

Creo que ha pasado un nuevo día, pero me siento como si toda la noche me hubieran estado golpeando para impedir mi descanso. Tengo vagas imágenes de la enfermera rondando mi lecho e impidiéndome llegar hasta el aseo. Su voz cavernosa penetraba en mi cabeza. Su mano gélida sujetaba mis extremidades con fuerza animal. Me parece un abuso y una extralimitación en su trabajo del que tendré que dar queja tarde o temprano, pero por mi parte no tenía el vigor necesario para protestar en ese momento, ni energía para conseguir recorrer en solitario los cinco metros que me separaban del baño. Espero que hoy venga el doctor a visitarme de nuevo con alguna noticia sobre cuánto tiempo más permaneceré aquí ingresado. Pero sobretodo, con novedades sobre el estado en el que se encuentra mi cara. Mi amada cara.

Los malos pensamientos regresan. Vienen para arrastrarme a la locura. Si me queda algún tipo de secuela grave, no creo juntar el valor para encarar una vida en ese estado. Antes prefiero acabar con mi propia vida, que verme arrojado a ese pozo de marginalidad y bajeza moral. Ya llega el doctor. Veamos qué tiene que decirme. Siento pequeños tirones en las gasas que recubren mi cara y el sonido de la tijera cortar y cortar. Cabizbajo les dejo hacer. Me intento relajar para sobrellevar el muchísimo miedo que tengo, aunque apenas puedo moverme por sus maniobras. Cuando han terminado, con cierta parsimonia, situan un espejo ante mí. Es un espejo que me resulta familiar, grande, con un marco de estaño repujado y remaches fulgurantes a los lados. Voy levantando despacio la cabeza para encontrarme con la implacable realidad por fin, y la imagen que me devuelve el viejo cristal es sencillamente... conmovedora.

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