Marx en el Soho

Marx en el Soho, de Howard Zinn

T. Varea

marx en el soho

Hoy vamos a hablar de teatro. Os propongo el arduo, por inusual, ejercicio de teletransportaros a una lúgubre sala de butacas, cuasi vacía y ensombrecida, para degustar un monólogo repleto de historia, política, reflexión, apasionados sentimientos, y fino humor por parte del padre del socialismo científico, y uno de los mayores pensadores del s. XIX: ese barbudo, orondo y grave alemán (así está en el imaginario colectivo, ¿no?) llamado Karl Marx. La experiencia no os va a doler ni un poquito. Palabra. Imaginaos, si os ayuda, cualquier dicharachera noche en el célebre Club de la Comedia, pero totalmente a la inversa. Sin chistes facilones, superficiales e insípidos, que no hacen daño a nadie y te sacan medias sonrisas. Y por supuesto, sin público complaciente que aplauda y ría a mandíbula batiente, pues todos sabemos que la política no es, ¡ay!, divertida.

Este nuevo advenimiento comienza con la intrascendente confusión geográfica del Todopoderoso que sitúa a nuestro personaje, no en el lúdico distrito londinense de degradación y puterío donde habitó, sino en su bohemio y artístico homónimo neoyorkino. La mierda flota en todas partes, eso está claro.

Y ¿por qué vuelve Marx a la Tierra? os preguntaréis. Pues para limpiar el buen nombre del comunismo arrastrado, principalmente, por lunáticos tiranos con delirios de semidiós, y para demostrar la vigencia de su ideario en estos tiempos que nos ha tocado vivir, donde el capitalismo salvaje, aunque exánime, campa, más allá aún de las mentes de nuestras castas dirigentes, en las anquilosadas cabezas de nuestros compañeros de la clase trabajadora, idiotizada por el ansia de vivir el (falso) estado de bienestar y el desarrollo personal a través del consumo.

La vida de Marx fue tumultuosa y agitada. Su obra, prolífica. Este libro te introduce en ambas, y a mí me empuja a leer su parte más filosófica y a vadear la más económica, que al verla, se te debe quedar una cara «como si te regalaran un elefante», según dice el mismo libro. Aquí se presenta a Marx como un iracundo y pendenciero pensador (antagónico, ¿no?) al tiempo que un tierno hombre de familia, algo que cuesta creer leyendo algunas biografías ligeras del personaje. Su mujer, Jenny, y su hija, Eleonor, la más pequeña de las tres que sobrevivieron (otros tres hijos murieron), son descritas con calidez y cercanía, mediante algunas peripecias, pensamientos y discusiones con el propio Karl, que aun siendo ficticias (o no) revelan las contradicciones que el autor, Zinn, percibe en las teorías del pensador, y son de ese modo sacadas a la palestra. Se agradece algo de crítica, entre tanta loa, pues si bien Marx fue un gran teórico, no se prestó a la parte de la acción que tanto promovió. Como él mismo critica en el libro (es decir, el autor critica) no basta limitarse a interpretar el mundo, como los grandes filósofos griegos, sino que, además, hay que cambiarlo.

«La vida de Marx fue tumultuosa y agitada. Su obra, prolífica. Este libro te introduce en ambas».

La obra está escrita de un modo sencillo, ameno, accesible para todos los públicos, manteniendo un ritmo vivo que incita a terminar la lectura enseguida. Justo lo contrario que esos duros análisis económicos que se marcaba el amigo Karl, y que Jenny tanto le recrimina. «No puede ser divertido» se defiende el germano. Y es que el propio Marx sabía, amigos, que no escribía para el usuario natural de la hoz y el martillo, quien debía levantar al monstruo de la revolución, sino que lo hacía con ciertas ínfulas que le aproximaban al mundo literario, más que al proletario. Y valga la rima de regalo.

Mención especial merece, para mi mayor regocijo, imposible negarlo, las nada veladas críticas que hace el autor del denostado pariente del comunismo. Efectivamente, el anarquismo, que ataca mediante una brillante escena recreada por el único protagonista de la obra, con su archienemigo Mikhail Bakunin, presentado como un bárbaro, salvaje e inhumano oso desdentado y sediento de sangre, irracional e indisciplinado, siguiendo ese típico cliché literario y propagandístico que marca el partido. Solo le falta, lástima, esa habitual bomba Orsini, redondita y negra, con la mecha culebreando desde el bolsillo. Es más, aquí parece un auténtico… ¡punk! Escupe en el suelo, orina por la ventana y bebe y despotrica como tal. El eje de la discusión es el clásico «quítame allá esas pajas» antiestatalista que enfrenta a ambos hombres y sus postulados, de toda la vida. Y digo yo, que siendo Zinn tan crítico con los gobiernos, mal llamados comunistas (en esta obra por boca de Marx), que presumen de haber vivido el sueño anticapitalista, basados en esos mismos preceptos marxistas, quizá haya algo que no funcione en ese primer estadio de la revolución llamado «la dictadura del proletariado». Igual estoy simplificando demasiado, pero ahí queda.

En contraposición, hay en el libro un bellísimo retrato de la Comuna de París, una aproximación a su contexto histórico y un esbozo de su organización, tan claro y apasionado que uno no puede casi evitar derramar una lagrimilla, imaginando esos días en que, de verdad, el pueblo se echó a la calle a coger el mando de su destino en tan memorable capítulo de la historia de la vieja Europa.

Pues esto es algo de lo que hay en apenas cincuenta páginas por parte de Howard Zinn, rehistoricista americano, profesor, escritor y activista, autor de una rica obra por la que voy a empezar a interesarme ya mismo. Y si en lugar de cincuenta páginas fuesen seiscientas o un día sentado frente al escenario, no pasaría mucho. Y ya si hay espacio para la discusión y la construcción de un nuevo ideal que supere toda hermética y caduca ideología, pues mejor aún, porque por mucho que Zinn nos demuestre la actualidad del pensamiento de Marx e intente enaltecer a las masas contra el capitalismo como sistema a superar y enemigo a enterrar, si no se traspasan las barreras de siglas, colores y banderas, ni se aglutina a una potente y nueva clase trabajadora que lleve la revolución dentro de sí misma, no hay absolutamente nada que hacer. He dicho.

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