Villaverde será nuestro

Villaverde será nuestro

Prisciliano

1. EL SOBERANO REINO

«Villaverde será nuestro. Más tarde o más temprano», pensaba con determinación don Alejandro, recién nombrado caballero de Su Majestad Guillermo II El Sabio, rey de reyes, luz de luces y brazo de Dios en la tierra del Soberano Reino Católico del Barrio del Pilar.

Pese a su avanzada edad —23 años— aparentaba ser un adolescente, su pelo negro rizado e imposible de peinar y su falta de vello facial le daban un aspecto jovial que él rechazaba, pues quería mostrar dureza y carácter. Las mujeres del Reino, sin embargo, parecían deleitarse con su presencia y sus ojos azules como el cielo.

La ceremonia se había celebrado en la iglesia de San Prisciliano, construida sobre los cimientos de lo que fue una parroquia anterior al Castigo. Pocos supervivientes todavía viven de aquella debacle que acabó con la antigua civilización hace siete décadas y que supuso la destrucción de la mayor parte de la humanidad. Poco o nada saben los actuales habitantes del Reino de aquellos que vivieron antes del Castigo, solo rumores y leyendas, lo que sí tienen claro es que sus transgresiones y pecados trajeron la ira de Dios.

El mismísimo arzobispo en persona, recién llegado de un viaje de varios meses desde el Vaticano, había bendecido al nuevo caballero. En una conversación informal tras la ceremonia, le había asegurado que había visto al papa en persona y que este era un anciano que había sobrevivido al Castigo. A don Alejandro todo esto le parecía milagroso, puesto que él nunca había salido del Barrio del Pilar y concebía el exterior como algo misterioso y peligroso.

Don Alejandro sacudió estos pensamientos de su cabeza y se centró en sus tareas más inmediatas. Había recibido equipamiento completo y quería ponerlo a punto para lo que se avecinaba.

Decidió examinar su armadura, compuesta por una malla anillada de alambre de los restos de la civilización anterior para el torso con el escudo del Reino cosido en el pecho. Era un trabajo excepcional. Para la cabeza le habían dado un casco Yamaha de cara descubierta al que habían adherido una placa de metal para proteger el rostro con un agujero rectangular para poder ver. La visión era reducida, pero proporcionaba protección total. El escudo circular era de madera robusta. Con la piel de gallina cogió la espada, en cuya parte inferior del mango, en letras grabadas se podía leer Círculo de Lectores. Sin duda alguna debió de ser una venerable orden de caballeros en tiempos anteriores al Castigo.

Don Alejandro se sentía lleno de espíritu santo y celoso de ejecutar la orden que el soberano Guillermo II había dado a todos los caballeros del reino. Explorar y conquistar para Dios y para el rey las tierras de Tetuán.

Unas semanas después de su nombramiento, don Alejandro se encontraba en los límites surorientales del reino, en plaza de Castilla. Doscientos caballeros bajo el mando del general Duran Campano se habían reunido entre las ruinas de dos torres gigantescas, construidas con una inclinación imposible, ambas idénticas, ambas en los huesos de lo que fueron, ahora ejemplos de la avaricia del ser humano, como la Torre de Babel.

Tras la celebración de la misa, el general habló a la tropa. Don Alejandro apenas contenía las ganas de llorar, impaciente por alcanzar la gloria para el reino y para Dios.

—Valientes caballeros. Hoy nos adentramos en terreno desconocido.

El general hablaba desde lo alto de unos escombros; su capa púrpura ondeaba al viento, su armadura de puro metal y su famoso martillo Ikea reflejaban el sol saliente. Los caballeros se apiñaron para oírle lo mejor posible.

—Hoy entraremos en el barrio de Tetuán. Nuestros exploradores nos han informado de que allí viven extrañas gentes mulatas que veneran al dios Sol. Nuestro objetivo es conquistar su territorio rico en parques y zonas fértiles para el cultivo. Si son pacíficos les transmitiremos la buena nueva de Nuestro Señor Jesús y les trataremos como vasallos de nuestro amado rey, si se oponen... ¡les mostraremos el poder del soberano reino católico del Barrio del Pilar! ¡GLORIA A DIOS! ¡POR EL REY!

El general dirigió sus pasos encabezando la expedición, demostrando su valor, y, sin más dilación, comenzó a escalar la precaria muralla que décadas atrás construyeron los primeros habitantes del reino. Don Alejandro se dispuso a ser su sombra, adelantándose a sus compañeros de armas para escalar el muro.

2. TETUAN Y LOS ADORADORES DEL SOL

Llevaban horas explorando alrededor de lo que fue Bravo Murillo, a juzgar por las numerosas placas anteriores al Castigo que habían encontrado. Ni rastro de los adoradores del Sol o —lo que era peor— de los supuestos parques fértiles que los exploradores juraban haberles oído hablar. Aquello era un mar de cemento y ruinas.

El general decidió dar descanso a sus caballeros y les ordenó acampar en un claro entre las ruinas. Los ánimos eran buenos. Pese a no haber tenido gloriosas batallas que contar, habían explorado un gran territorio sin resistencia alguna y, probablemente, con muchos recursos valiosos que los Chatarreros (orden de recolectores del reino) sabrían aprovechar.

Pero don Alejandro se sentía inquieto. Algo fallaba. Recordaba una noche, cuando no era más que un crío de unos 8 o 9 años, en la que se adentró en el parque de Rodríguez Sahagún en la frontera con Tetuán y escuchó una extraña música procedente de aquel extraño lugar que nunca logró olvidar... ¿Dónde se habían metido? Tenían que estar cerca.

Superando su propio sentido del deber, se acercó con determinación al general.

—Le ruego permiso para hablar, mi general— dijo con la voz más firme que pudo producir.

El general de cerca se apreciaba más viejo, incluso con arrugas en la cara. Se había quitado el casco y su calvicie se hacía evidente, pero sus pequeños ojos llenos de vida y una enorme nariz torcida le daban un aire de rudeza que don Alejandro envidió.

—¿Qué cojones quiere, don Alejandro?— espetó el general mirándole de arriba a abajo.

A Don Alejandro le sorprendió que recordara su nombre y se sintió avergonzado, pero su determinación seguía intacta.

—General, le pido permiso para seguir explorando. Creo saber dónde nos encontramos y hace unos años escuché procedente de esta zona una extraña música...— dijo Don Alejandro.

—¡PUES EXPLORA, JODER!— le interrumpió el general mientras le tiraba una especie de cono de color naranja que utilizaban para amplificar la voz—.Si ves a esos adoradores del Sol grita usando el cono. ¡QUE NO TE MATEN, CABALLERO!

Don Alejandro se dispuso a buen paso hacia donde creía haber escuchado la extraña música años atrás mientras el Sol iba dejando paso poco a poco a la Luna.

Tras una hora sorteando ruinas y cemento, por fin empezó a atisbar el parque Rodríguez Sahagún a lo lejos, pero esta vez desde el otro lado. Sabía que encontraría a esos adoradores más tarde o más temprano... y, antes de empezar siquiera a dudar de sus propios recuerdos, oyó algo, algo familiar... Corrió con toda su alma y se escondió entre las ruinas cuando pudo escuchar la extraña música con toda claridad...

Dame más gasoliiiina… Y a ella le gusta la gasoliiiina…

¡Era la extraña música que había escuchado en su infancia! ¡El sonido era ensordecedor! Se asomó entre las ruinas con el corazón a punto de reventarle el pecho y vio algo que jamás olvidaría: un grupo de unos 50 individuos (hombres y mujeres) se agitaban y contorsionaban en torno a una hoguera de varios metros de altura, mujeres y hombres semidesnudos se restregaban frenéticamente entre ellos de manera explícitamente obscena.

Corrió como si el propio diablo le persiguiera en dirección al campamento y usó el cono. Esperó lo que parecía una eternidad. El general apareció seguido de todos los caballeros y sin mediar palabra le siguieron. Escondidos tras las ruinas rodearon a los adoradores y general dio sus órdenes.

—Don Alejandro y yo iremos a hablar con ellos. Si se muestran hostiles entrar a sangre y fuego.

Las palabras del general se transmitieron de oreja a oreja entre los caballeros.

Don Alejandro y el general irrumpieron en el ritual arma en mano, pero sin actitud hostil. Los sorprendidos adoradores les rodearon y don Alejandro sintió que la tensión casi le superaba.

—¿Quiénes son ustedes? ¿Qué hasen aquí?— preguntó uno de los adoradores con el torso desnudo y visiblemente hostil.

—Somos enviados de Su Majestad Guillermo II del soberano reino católico del barrio del Pilar y queremos hablar con vuestro líder— contestó el general con una entereza que llenó de orgullo a don Alejandro.

—Ustedes deben hablar con Shakira, nuestra ansiana y sabia regidora— respondió una mujer entre la multitud.

—Llévennos ante ella— dijo el general con la cabeza erguida sin mirar a nadie en particular. Don Alejandro entendió por qué se le había concedido el honor de dirigir a los caballeros.

Los adoradores les rodearon y les guiaron entre las ruinas a una cueva cercana con multitud de flores en la entrada. Los caballeros les seguían desde la distancia escondiéndose para no ser vistos.

Don Alejandro y el general entraron en la cueva con la multitud apiñándose tras ellos en la entrada. Estaban completamente vendidos. Dentro de la cueva dos corpulentos hombres llenos de pinturas sobre sus torsos desnudos les invitaron a entregar sus armas. El general miró a don Alejandro e hizo un sutil gesto de negación. Su mirada transmitía de todo menos sumisión.

Uno de los adoradores desenvainó un enorme cuchillo de carnicero y cuando los músculos se tensaron y la sangre parecía dispuesta a correr, se oyó un grito.

—¡DETÉNGANSE!— una voz surgió de la oscuridad y todos se quedaron paralizados.

—¡Todos somos hijitos de la diosa Madre Naturalesa! ¡Escuchémosles pues!— Era una voz quebrada pero llena de determinación. Jamás don Alejandro había escuchado una voz como aquella.

Los dos hombres de pinturas corporales les abrieron paso y don Alejandro y el general se adentraron en la oscuridad. Unos metros más adelante vislumbraron entre dos antorchas un trono forrado de plumas y una pequeña figura sentada con los pies colgando. Su cara y sus senos al descubierto estaban pintados de un color azul oscuro solo contrastado por su blanca melena cayendo sobre sus hombros.

—Saludos. Venimos en nombre del rey de reyes Guillermo II y de Nuestro Señor Jesús. Conviértanse al dios verdadero y sean nuestros vasallos. Les trataremos con respeto y dignidad y les transmitiremos la Buena Nueva para gloria de Dios —La declaración del general a voz en grito retumbó por toda la estancia.

—¡JESÚS! ¡OTRA VES JESÚS! Déjenme desirles algo, mis queridos hermanos. ¡SU MALDITO DIOS ES UNA MENTIRA LLENA DE MUERTE!— La anciana se agitó en su trono. Fueron sus últimas palabras.

Antes de que don Alejandro tuviera tiempo de procesar lo que la vieja acababa de decir, el famoso martillo Ikea del general reventaba el cráneo de la anciana salpicando sobre ambos sangre y restos.

Don Alejandro tampoco tuvo tiempo de entender nada cuando un fuerte golpe sobre su casco Yamaha, propinado por uno de los guardias, casi le parte el cuello. Se levantó como pudo y desenvainó su espada cegado como estaba por la sangre de la anciana blasfema que se le había metido en la obertura de su casco y sin apenas luz en la estancia.

—¡MORIR, MALDITOS SALVAJES!— oyó vociferar al general.

Los pelos se le erizaron. Era hora de demostrar su valor. Sin ver nada y habiendo perdido su escudo en la caída, se abalanzó espada en mano hacia ninguna parte.

Sintió como su espada penetraba fácilmente sobre algo y cayó al suelo junto con su víctima. La luz llegó a las pequeñas oberturas de su placa metálica. Se encontraba tendido entre la multitud que se había apiñado a la entrada de la cueva. Una miríada de golpes cayeron sobre todo su cuerpo sin piedad, pero la coraza cumplió su función y se levantó blandiendo su espada ensangrentada. Asestó un par de tajos a sus enemigos y estos comenzaron a retroceder, pero estaba completamente rodeado. Uno de ellos se abalanzó sobre él hiriéndole con un cuchillo en el muslo, pero respondió rápidamente clavándole la espada en el cuello, sesgando su arteria y creando una fuente de sangre que salpicó sobre sus compañeros. Cuando los adoradores, convencidos de su superioridad, empezaron a acorralarle contra la pared, emergió del interior de la cueva el general abalanzándose con furia contra la multitud, martillo Ikea en mano, reventando otro cráneo en el proceso.

Don Alejandro, dándose por muerto, decidió morir matando y se abalanzó indiscriminadamente contra la turba de enemigos, imitando a su bravo general.

Los adoradores, recuperados de la sorpresa inicial, se mantuvieron firmes. Pese a la falta de armas subyugaron a los atacantes a los que pateaban en el suelo. Pero en su furiosa venganza no repararon en los 198 caballeros que se abalanzaron contra ellos armados hasta los dientes.

Fue una matanza inmisericorde. Espadas, cuchillos, mazas, martillos y lanzas se llenaron de sangre.

Tetuán había sido conquistada. Los adoradores del Sol aniquilados. Don Alejandro y el general se convirtieron en héroes del reino católico del Barrio del Pilar.

Días después, don Alejandro se encontraba recuperándose de sus heridas. En sus largas horas reposando sobre la esterilla pensaba: «Los demócratas del Retiro caerán. Los amantes de la Paz de Chamberí caerán. Villaverde será nuestro. Más tarde o más temprano, caerán».

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